Entre dos tierras: viaje al centro de la latinidad

Un reportero peruano se infiltra en un mega-evento esencialista sobre la latinidad en el corazón de Washington D.C. Los invitados son latinos y latinoamericanos que estudian y viven en Estados Unidos. Luego de tres días, el personaje de esta crónica se da cuenta que no será un líder, que las diferencias entre los participantes son más profundas que Ricky Martin y que la identidad puede ser una ideología problemática. (Crónica de Paul Alonso publicada en la revista Quehacer)

La convocatoria era sencilla: sólo había que mandar un currículo académico y podrías ganarte un pasaje con todo pagado para ser un líder de las Américas. Por supuesto, lo envié. En pocas semanas, me llegaba una invitación formal para ir a Washington DC a una conferencia de tres días, un ticket de avión y la reserva en un lujoso hotel en el corazón de la capital estadounidense.

El evento estaba financiado por el gigante mediático de México, Televisa, empresa que se esforzó por hacer que sus invitados fueran bien atendidos. Un taxi nos recogió por grupos del aeropuerto Dulles y nos trasladó al céntrico hotel Washington Plaza. El resultado inicial fue alrededor de 130 latinos y latinoamericanos desubicados en la recepción y el bar del hotel, quienes no terminaban de desentrañar de qué se trataba todo esto. Hasta que por fin alguien nos lo dijo: “Este evento se llama Espacio Vanguardia Latina y la misión de los siguientes tres días es unirlos a todos ustedes”.

La meta aparente era crear vínculos entre estos dos grupos para que reconozcamos los fuertes lazos que nos unían. De ahí que el criterio de selección haya sido ser latinos –nacidos al norte de Río Grande– que hayan accedido a estudios superiores, o latinoamericanos –nacidos en el terruño– que estudiaran maestrías o doctorados en Estados Unidos con una beca (grupo al que yo pertenecía). Nada más. No había que presentar ninguna investigación, ni propuesta, ni certificado de buena conducta. Ni siquiera había que saber español muy bien, aunque era deseable.

Las habitaciones en el hotel eran compartidas y la distribución estaba planeada de antemano: un latino y un latinoamericano serían roomates por los siguientes días y noches. Mi compañero de cuarto se llamaba Juan, era de Los Angeles y estaba muy emocionado por el honor de haber sido seleccionado. Estudiaba Planeamiento Urbano en UCLA y su trabajo consistía en lograr que las grandes empresas privadas invirtieran en los barrios latinos, instalando sucursales, y así mejorar la calidad de vida de la comunidad. Su padre había sido un inmigrante mexicano que llegó a trabajar como obrero y Juan era el primer miembro de su familia en ir a la universidad.

Antes de dormir aquella primera noche, volví a bajar al primer piso del hotel y salí a fumar un cigarrillo al costado de la piscina. A través de los cristales, pude observar el movimiento de camarógrafos y gente de prensa que seguía registrando la llegada de nosotros, los visitantes. Ese fue el primer momento en que tuve la sospecha de que podía estar en una suerte de reality show.

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Las conferencias se desarrollaban en las imponentes instalaciones del Banco Inter-americano de Desarrollo (BID), a cuatro cuadras del hotel. Una reportera mexicana presentaba el evento y todo estaba dispuesto como un espectáculo para la televisión. La disposición del público, las luces, las cámaras. Solo faltaba un animador y hubiera jurado que estaba en Sábado Gigante.

Las palabras iniciales estuvieron a cargo de los organizadores: “Los espacios latinos han sido tomados por coreanos, hindúes y otros extranjeros. Tenemos que recuperarlos”, dijeron y de arranque se pusieron en carrera contra los orientales. Y cómo era imposible de evitar, ya que nos estábamos poniendo étnicos, los poderosos más odiados de la historia se hacían presentes en la lista de rivales imposibles: “Mi sueño es que los latinos sean más poderosos que el lobby judío. Los latinos son diez veces más que los judíos. Tenemos que tomar ese poder”, sentenciaron.

¿Cómo lograr eso?, fue la pregunta que quizá muchos se hicieron con un escepticismo que en realidad delataba inocencia. “Tú lo debes ayudar a él a ser secretario del Tesoro y tú a él a ser comisionado de inmigración”, aconsejaron a modo de fórmula del éxito. Otros presentadores nos recordaban que Latinoamérica aún tenía problemas, pero que el desarrollo era eminente. “No veamos los titulares de los periódicos. Hay muchas cosas buenas detrás de las malas”, subrayaba un asesor del BID.

Solo había que tener bien claro que cualquier ideal a defender tenía que ser lo contrario a
un autoritario como Hugo Chávez, el presidente venezolano, y todos aquellos que se cobijaran bajo su ala petrolera. Y mientras que el populismo de corte militarista
sembraba justicado pánico en la región, no necesariamente había que volver la mirada en busca de ideales a la madre patria ni al viejo continente. Entonces, una idea exagerada salió del micrófono: “Los países ricos de Europa ya quisieran tener la apertura de Estados Unidos en todos los campos”.

Uno de estos campos críticos, por supuesto, era la inmigración. Para muchos, las políticas de la administración Bush habían sido ecuánimes en este tema debido a que el presidente ya había tenido que lidiar con el problema desde sus épocas de gobernador del estado fronterizo de Texas. Supuestamente, esto lo eximía de decisiones disparatadas. Y mientras en el Congreso se discutían las próximas medidas de inmigración y multitudinarias manifestaciones agitaban las calles de todo el país deformando la idea de la película A day without a Mexican, en las instalaciones del BID 130 representantes de la minoría más grande de Estados Unidos –los latinos representan más del 13% de la población- se preparaban para aplaudir a uno de los más poderosos magnates latinoamericanos. Emilio Azcárraga Jean, hijo heredero del Tigre Azcárraga y dueño de Televisa, acompañado del presidente del BID, Luis Alberto Moreno, se solidarizaba con los deseos vertidos para unir las Américas. Pocas semanas después, el presidente George W. Bush anunciaría su decisión de militarizar la frontera con México.

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Para comenzar la conversación, se sacrificó a la lengua. Ilan Stavans, autor de Spanglish, the making of a new language, ha traducido el primer capítulo del Quijote al spanglish y ha elaborado un diccionario del spanglish al inglés. Considera que esta lengua híbrida no solo es un acto político, sino también una nueva manera de ser latino. Stavans entiende el Spanglish –acto lingüístico que consiste en cambiar de códigos entre el inglés y el español indistintamente al interior de un mismo enunciado– como un encuentro verbal entre civilizaciones.

Más allá de que haya una idealización de lo híbrido, es cierto que el Spanglish es una suerte de dialectismo muy popular. Se ha convertido en un común vehículo de comunicación entre los 38 millones de latinos que viven en Estados Unidos, especialmente en Miami, Los Angeles, San Antonio, Houston, Albuquerque, Phoenix, y Denver, igual que en muchas áreas rurales.

Para la mayoría de los latinos que conocí, el Spanglish era su lengua principal. Nacidos en una familia inmigrante de clase trabajadora donde la lengua materna era un español limitado, el inglés se convertía en la necesaria lengua de socialización y progreso. Atrapados entre estas dos tierras linguísticas, inevitablemente las mezclaban hasta convertirlo en más que un hábito.

Muchos acusaban una constante y ubicua discriminación. En Estados Unidos eran una minoría descendiente del “problema de la inmigración ilegal” y la única manera de incorporarse era renunciar a todo lo que implicaba el sur. Por el otro lado, cuando iban de visita a aquellos países donde estaban sus roots los amigos y familiares notaban que hablaban como gringos, que masticaban una lengua y una cultura diferente. En pocas palabras, eran extranjeros en todos lados.

Aquella noción indescifrable de patria no solo les era esquiva a los latinos. Mi amigo guatemalteco José Zamora también estaba como participante en la conferencia. Vivía en Austin, Texas, en calidad de estudiante graduado, pero había llegado dos años antes como exiliado. Su padre era director de El Periódico de Guatemala y debido a sus reportajes de investigación sufrió amenazas por parte del gobierno del presidente Alfonso Portillo. Una noche un grupo de militares ingresaron a la casa de la familia Zamora y los mantuvieron secuestrados por tres horas.

-Apuntándole con una pistola en la cabeza, le dijeron a mi viejo que si el diario salía al día siguiente lo mataban –me decía José horas más tarde en un bar–. Mi viejo les dijo que el diario iba a salir, así que no perdieran tiempo y apretaran el gatillo. Poco después, estábamos saliendo del país.

Con varias cervezas encima, nos trepamos a un auto. Eran las cuatro de la mañana en DC. Mientras nos deslizábamos por aquellas calles vacías, tratando de esquivar la Casa Blanca, sabíamos que las batallas de los náufragos latinoaméricanos eran otras.

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El despliegue de personalidades fue variopinto durante los tres días de conferencias. Embajadores, escritores, intelectuales, ex-presidentes, empresarios y políticos de derecha desfilaron por el escenario. Sus discursos eran pro-inmigración, anti-autoritarismo chavista, democracia, y la constante celebración del creciente poder de adquisición de la comunidad latina en Estados Unidos.

Las fechas, además, estaban muy bien planeadas y el evento terminaría el cinco de mayo, celebración muy popular en Estados Unidos como el día de la hispanidad o de la Raza. El Cinco de Mayo conmemora la batalla de Puebla en 1862. En este enfrentamiento, los mexicanos vencieron a los franceses que habían ocupado su territorio para cobrarse una deuda externa que Mexico se negó a pagar. Con esta batalla, los mexicanos no ganaron la guerra y su territorio se mantuvo ocupado por cuatro años. Los franceses se retirarían cuando Estados Unidos –que salía de su guerra civil- tomó la bandera de la Doctrina Monroe y ayudó a Benito Juarez a expulsar a los invasores.

También hay otra versión complementaria que me contó Mercedes Lynn de Uriarte, antigua editora de Los Angeles Times y catedrática. En los Estados Unidos, Cinco de Mayo fue una fecha escogida por activistas Chicanos ante la imposibilidad de celebrar el 16 de septiembre (Día de la Independencia), pues era muy cercano al comienzo de las clases. La festividad pasó inadvertida por mucho tiempo hasta que la empresa cervecera Coors Beer ofreció $350 millones a las mayores organizaciones Chicanas para promover “fiestas”. El arreglo habría implicado que dejaran de apoyar un boicot contra Coors Beer por supuestos maltratos a sus empleados. Cinco de Mayo es ahora uno de los días en que se vende más cerveza en el país.

Cuando la secretaria de Estado Condoleeza Rice nos habló, rodeada de agentes de seguridad, se refirió justamente a esta festividad y saludó a los electores hispanos. Resaltó la importancia de la democracia para el desarrollo y el carácter de Estados Unidos como nación de inmigrantes. De origen afroamericano, Rice es una de las caras visibles que supuestamente representan a las minorías en la administración Bush. Siempre cabe la pregunta de hasta qué punto un sujeto de ciertas características raciales representa a otros de las misma raza o alguna otra no hegemónica. Quizá por eso cuando le preguntaron sobre la posibilidad de que Estados Unidos sea gobernado por un presidente de minoría racial o étnica, respondió: “Pienso que va a ocurrir, y va a ocurrir durante mi vida”.

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Un personaje no muy conocido para la audiencia del BID, pero de fama considerable para los televidentes peruanos, se apersonó para hacer un show provocador entre político y humorístico. A través de un stand-up comedy que la audiencia celebró sin mezquindad, el limeño Jaime Bayly se subía al carro de la hispanidad estadounidense y, emulando los pasos de Mario Vargas Llosa, se comprometía con las causas justas. Inteligente, gracioso y predecible, Bayly hacía suya la defensa de los grandes temas (como la libertad) y las causas minoritarias (como los derechos gay).

Jaime Bayly fue un reportero precoz que llegó muy joven al programa propio. En 1994, escandalizó a la sociedad limeña con la publicación de su novela “No se lo digas a nadie”, de temática gay y de presunto corte autobiográfico. Desde entonces, ha sido un prolífico escritor. Trabaja esporádicamente en TV y vuelve a Perú en contexto electoral para hacer una exitosa serie de entrevistas a candidatos presidenciales.

Pero aquella tarde, por alguna razón, sorprendía verlo ahí. Alguna vez fue lo más parecido a un outsider carismático y cínico que no desaprovechaba oportunidad –en la pacata Lima de los 90 que es quizá muy parecida a la actual– para hablar de su bisexualidad, de su compulsivo uso de drogas en la juventud, y de cómo se burló y perdió la amistad de varios poderosos. Ahora, a sus 40 años, defendía lo que todos defienden.

-¿No crees que lo gay se ha vuelto mainstream? –le pregunté en una breve entrevista improvisada que me concedió en la sala de recepción del BID.
-No en Latinoamérica –me contestó con mucha razón.

Entonces, un grupo de importantes empresarios interrumpieron la conversación.

-Nos gustó mucho tu presentación, Jaime –le dijeron al tiempo que se daban apretones de manos –. Nosotros siempre andamos por ahí robando talentos. ¿Cuánto estás ganando?

Bayly sonrió y, con el buen gusto de no contestar la pregunta, aceptó las tarjetas de los empresarios. Luego, se despidieron.

-¿Has conseguido un nuevo trabajo? –le pregunto cuando vuelve a sentarse.
-No –dice con una mueca reconocible, achinando los ojos-. Son solo amigotes de paso.

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Tras una solemne presentación de una periodista del Washington Post, el hombre más millonario de Latinoamérica sube al escenario para hablar sobre medios y comunicación. Desbordante y seguro de sí mismo hasta el sopor, el venezolano Gustavo Cisneros ocupa un asiento entre un periodista brasileño y un empresario ecuatoriano. La fortuna de Cisneros está calculada en alrededor de cinco mil millones de dólares, provenientes de sus empresas de telecomunicaciones y una variada gama de negocios en los más de 50 países donde opera la Organización Cisneros: es dueño de Venevisión, tiene un gran porcentaje de Univisión –cadena hispana en Estados Unidos que se mantiene como líder gracias a la programación de Televisa–, tiene un equipo de beisbol llamado los Leones de Caracas, una cadena cervecera, solo por mencionar los bienes más divertidos y rentables.

Cisneros se acerca al micrófono con parsimonia y una sonrisa. Se quita lentamente el saco. Lo deja sobre la silla con descuido. Se remanga la camisa blanca. La informalidad se le escurre con la estampa del poder. “Después de tanta insistencia de los organizadores, no pude negarme a venir”, asegura. Es afable, el tipo tiene carisma y se nota que el manejo de escenario y audiencias no le incomoda en absoluto. Revisa unas hojas de papel (acaso un discurso preparado) y lo deja sobre el podio como si le diera flojera leerlo: “No voy a hablar mucho. Prefiero que conversemos. Si en algún momento tienen una pregunta o quieren decir algo, interrumpan nomás”.

Entonces, resume de manera directa y sencilla la cantaleta de los últimos días: democracia, desarrollo económico, anti-autoritarismo chavista, y todos los demás tópicos sobre los que hay un consenso general. O al menos parece. En la ronda de preguntas, un joven estudiante boliviano toma la palabra. Alcides Mendoza es parte de una delegación de la UNESCO y parte de la infaltable cara indígena del evento. Esta es la primera vez que Alcides sale de Bolivia. “Lo que quiero decir es que no estoy de acuerdo con el señor. Evo Morales representa una población mayoritariamente indígena y tiene un programa de gobierno que incluye al pueblo”, dice dirigiéndose a Cisneros y luego se manda con una perorata en defensa del primer presidente indígena de Bolivia que algunos casi le creen.

-Yo no tengo nada particular en contra de Evo –contesta Cisneros–. Cuando ganó las elecciones, incluso quise concertar una cita con él. Pero se negó diciendo que no iba a reunirse con uno de esos blanquitos. Y ahí sí que me molesté: si haya algo que odio es el racismo.

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La identidad, acaso el tema de fondo en este bien intencionado mega-evento con válidas y disimuladas ambiciones comerciales y políticas, es un asunto complicado. Concepto problematizado desde diferentes disciplinas en la segunda mitad del siglo XX, la identidad terminó siendo considerada por el francés Roland Barthes como un mito o fantasía. Pero esta descalificación teórica no significa que no funcione para comunicarnos o denotar supuestas filiaciones. Y es justamente este mito con aplicaciones denotativas las que usan los que sueñan con el liderazgo. Inventar o manipular la representatividad es una forma de llegar al poder.

Después de aquellos tres días en Washington DC quedó claro que los latinos y latinoamericanos que viven y estudian en Estados Unidos no tienen tantas cosas en común como quisieran: sus problemas individuales y sociales son diferentes, los entornos en los que crecieron y se formaron enfrentan conflictos diversos, los temas tabú de clase y raza los condicionan de manera distinta, sus ambiciones están fundadas en razones dispares, consumen diferentes culturas, quizá su mayor confluencia sean las figuras transnacionales de la latinidad como Ricky Martin (que fácilmente podría ser un símbolo que atraviesa varias otras culturas populares del mundo globalizado). Y lo más determinante: sus ideales de progreso grupal apuntan a nortes distintos.

“Es que muchos latinos que crecieron en Estados Unidos se creyeron la historia del American Dream, porque de alguna manera la vivieron”, me dice una amiga periodista venezolana que vive en DC. Quizá es cierto. Pienso que la mayoría de latinoamericanos que viven en Estados Unidos y estudian en universidades, no creen fácilmente en nada. O escogen acomodaticiamente en lo que quieren creer. Como si el escepticismo fuera una suerte de pecado original que comienza al sur de Río Grande, la cicatriz geográfica que divide dos planetas. Un escepticismo avalado por el privilegio del extranjero letrado. Es probable que muchos de los chilenos, mexicanos, colombianos o peruanos que conocí en esta conferencia, regresen a sus países y sean ministros, empresarios, políticos o editores influyentes. Otros se quedarán dictando clases sobre Latinoamérica a estadounidenses y latinos.

Juan, mi roomate de tres noches en el hotel, acomoda sus maletas para regresar a Los Angeles. “Después de estos días and the people I met, my vision has changed a lot, man. Sólo pienso que debemos seguir trabajando, all together, like brothers, you know. Nunca olvidaré this experience”, me dice emocionado, mientras guarda una foto que le tomaron frente a la Casa Blanca. Pienso que nos han filmado todo el tiempo.//

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