La Warhol Argentina

Considerada como la reina del pop sudamericano en los 60, Marta Minujin nos recibe en su taller de Congreso, en Buenos Aires, cuarenta años después de haber participado en patines de la mítica Factory de Nueva York. Muchas de sus obras son sólo accesibles online (www.martaminujin.com), porque ya no existen. (Entrevista de Paul Alonso realizada en Buenos Aires y publicada en el Nuevo Herald de Miami)

Los lentes oscuros y su llamativa cabellera blanca son dos superficiales rasgos distintivos. Su excentricidad se complementa con verborrea y constante hiperactividad. Le encanta ser el centro de atención y lo logra sin esforzarse. A sus 63 años sigue siendo un personaje mediático: la gente la reconoce por las calles porque sale a menudo en televisión; en los círculos artísticos, algunos la admiran y otros la evitan. “Pero al final de cuentas el arte es un oficio solitario”, dice. Habría que agregar que en su caso también es un evento divertido.

Marta Minujin es creadora de happenings, arte efímero y tecnológico, instalaciones sensoriales y monumentales, esculturas y en realidad de cualquier cosa que se le ocurra. Ejemplos: le pagó la deuda externa argentina a Andy Warhol con choclos, hizo una Venus de queso que la gente degustó hasta desaparecerla, creó una cabina telefónica de efectos sensoriales que se llenaba de agua de colores, cogió tierra de Machu Pichu y se la envió a artistas de todo el mundo por correo, hizo arder un inmenso Gardel reinventando el mito, creó un Partenón en las calles de Buenos Aires con las mismas dimensiones del original de Atenas y construido con todos los libros prohibidos durante la dictadura.

Esta faceta de su arte anti-comercial, sin embargo, ya no existe; se evaporó en su inmediatez. “Hay cosas que quedan sólo como leyenda”, dice la artista sin nostalgia.

Pionera del happening

En 1963, Marta Minujin realizó su primer happening en París. Luego de una exhibición, reunió toda su obra en un terreno baldío. Influenciada por el existencialismo francés y las nociones de la muerte del arte, invitó a la gente para destruirla. Muchos artistas y una curiosa audiencia llegaron hasta el lugar. Minujin pidió a los artistas que pinten sobre sus cuadros y esculturas, que modifiquen y eliminen con trazos apresurados las obras que había realizado en los últimos tres años. Que destruyan su identidad. Luego, les prendió fuego.

“Para cuando llegaron los bomberos ya se había armado el despelote”, recuerda. Tenía veinte años y, aunque en un lapso breve pasó por todo tipo de ismos, se reconocería en un particular tipo de arte pop que tenía mucho que ver con las más íntimas capas sensoriales. Y es que Minujin asegura que para ella lo esencial ha sido siempre vivir el arte. “Sentía que el arte era más importante para los seres humanos que aquella eternidad que algunos atesoran en museos y galerías; para mí, el arte era una manera de intensificar la vida, de tener impacto sobre el espectador, conmocionarlo y sacarlo de la inercia. ¿Para qué, entonces, iba a guardar mis trabajos? ¿Para que murieran en cementerios culturales, la eternidad que no me interesaba? Yo quería vivir y hacer que otros vivan”, escribiría sobre ese primer happening que marcó su carrera.

Del post-peronismo al pop neoyorquino

La formación de Marta Minujin se había iniciado en su natal Buenos Aires, en el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella. Una nueva generación de artistas irrumpía con una nueva estética basada en la publicidad, la decoración y la cultura popular global. Tras sus primeras muestras, Marta Minujin se convirtió en la engreída y el símbolo de esta movida.

Buenos Aires era una de las ciudades más importantes de la escena latinoamericana y abierta a las nuevas tendencias vanguardistas. Tras la caída de Perón, el país estaba en una decisiva carrera hacia la modernidad y su inclusión en el sistema global, el llamado “desarrollismo”. Se avizoraba un posible futuro industrial, la premisa del pop anglosajón (nacido en Londres y que llegaría a su punto máximo en Estados Unidos). Pero a pesar de sus ansias masivas, el arte pop local estaba reducido a un mínimo público urbano y cosmopolita.

Entonces, Minujin se fue a Nueva York. La crítica y la escena artística la acogieron de manera decidida. Sus happenings, un grupo de obras sobre tecnología y medios de comunicación (influenciado por sus lecturas de Marshall MacLuhan), y dos complejas instalaciones que buscaban despertar los sentidos del público, le valieron fama internacional y amistades históricas.

“En Nueva York ya era famosa por mis happenings y las instalaciones. Además, los protectores de animales me habían cerrado una muestra porque usé conejos vivos y se murieron. Cuando expuse en la galería Bianchini, conocí a Lichtenstein y después a todos los pop de Nueva York. Yo andaba en patines por la ciudad y de la que me hice más amiga fue de Andy Warhol. Iba al Factory y veía su obra. Estaban todos allí, pero cada quien metido en su mundo. Por las noches, siempre nos íbamos a bares, con Nico, los Velvet Underground, Lennon, Yoko Ono, que también era artista y hacía happenings. Íbamos a fiestas, era muy divertido. Pero Andy Warhol siempre estaba separado, y yo me sentía muy identificada con él. Le gustaba mi obra y le gustaba yo: decía que era muy pop. Después, Salvador Dalí nos mandó llamar a Warhol y a mí, y nos juntábamos en su habitación de hotel. Era divino”, recuerda.

Compulsión creativa

Su inmenso taller de la calle Humberto Primo, en el barrio de Congreso, es también un museo esquizoide de sus actuales e interdisciplinarios proyectos paralelos: una mujer gigante de cinco mil kilos, cuadros trabajados en vidrios multicolores, colchones pintados de colores pop con un ritmo de tango. “Si hago sólo una cosa, me aburro”, dice la artista, cuya obra está bien cotizada en el mercado: “Ahora vendo y cuando no vendo, me concentro y hago canjes. No me hago rica, pero he vivido del arte toda la vida”.

Pero no sólo su obra y su excéntrico personaje le han valido las primeras planas. En el 2005 fue detenida en el aeropuerto de Ezeiza cuando intentaba transportar 13 gramos de cocaína con destino a Roma. “Estaba muy enferma, no sabía lo que hacía. No podía parar y lo pasé por la aduana. Y fue muy bueno, porque me curé del susto. Desde entonces, ya no he consumido nada”, asegura. En todo caso, estos tropiezos no han hecho mella en su arte: hace algunos años realizó en Viena el primer happening por Internet: montada en un caballo suizo, entró a la galería donde la esperaba una vaca. Ante la mirada de una audiencia que se preguntaba qué diablos hacía aquella chiflada, ordeñó la vaca y les invitó un vaso de leche. La aplaudieron.

2 comentarios

Archivado bajo Crónicas, Entrevistas

2 Respuestas a “La Warhol Argentina

  1. GERALDINA CESTONI

    Hola compañero,
    La verdad que cuando leí el titular de esta noticia en su blog me llamó mucho la atención. Al leerla me gusto la forma en que escribe, muy buena entrevista, me lo imagine todo.
    Lo felicito me gusto mucho, espero leer muchas más como estas y aprender a la vez para hacer de mis entrevistas igual de interesantes.

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