Ricardo Piglia: “No nos tomamos tan en serio”

El autor de Respiración Artificial nos recibe en su casa de Palermo, Buenos Aires. Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) se declara admirador de Arguedas y un escritor cercano a Ribeyro. Se distancia de Vargas Llosa y no ha leído la nueva literatura peruana. Habla del género policial en Latinoamérica, de sus contemporáneos, los premios literarios, la recuperación argentina de la crisis y su próxima entrega. La conversación comienza y se desprende de su libro de ensayos El último lector (Anagrama, 2005), donde explora el acto de leer y dar significado a la experiencia a partir de la ficción. (Entrevista de Paul Alonso publicada en el periódico el Nuevo Herald de Miami)

¿Hay un lector promedio latinoamericano?
Hay redes múltiples de lectores que, aunque es difícil encontrar un elemento en común más allá del idioma, reproducen en América Latina lo que es la tendencia general. En mi libro trabajé la figura del lector individual y no la estadística. Porque hay gente que lee solo un libro al año y puede ser un gran lector. Y hay quien puede leer un libro por día y ser un lector pésimo.

¿Acaso no se lee menos?
No comparto las versiones catastróficas de que siempre antes fue mejor. Cuando era adolescente y me iba a los billares, a jugar fútbol y a bailar, sólo dos de mi grupo leíamos. Y no creo que ese porcentaje se haya agravado. Se construyen tradiciones imaginarias para poner en cuestión la cultura contemporánea, que ha encontrado la lectura en otros lugares, en otros formatos como Internet.

Pero ese no es su lector ideal.
Para mí el modelo del lector literario es el que va a las librerías de usados, de viejo. Allí están los buenos libreros y un pequeño clan de conspiradores que ni siquiera saben lo que están buscando. Aquellos que se ponen contentos al hallar una edición antigua. Esa metáfora de algo que está en desuso, más barato, algo viejo, es la que me gusta. Ese modelo me parece más interesante que el estándar de los espacios de venta monopólicos, donde están los libros en exhibición por diez días.

¿La lectura como un acto sectario?
Sí. Y tiene que ver con algo que todos experimentamos. Cuando encontramos un libro que nos gusta, queremos que otro lo lea y lo prestamos. No es así con otras cosas: si uno tiene un saco, no está intentando dárselo a otro. Se genera una suerte de conspiración. Creo que eso nos interesa más a los escritores.

Usted y otros escritores como Bolaño son una suerte de tíos cercanos para los nuevos autores. ¿Qué tienen en común?
Además de Bolaño, hay algunos escritores que siento cercanos: el mexicano José Emilio Pacheco o el peruano Julio Ramón Ribeyro, sus cuentos y su diario me parecen extraordinarios. Estoy hablando, entonces, de escritores que no son tan latinoamericanos o, al menos, que no tienen el cartelito (aunque pueden ser muy peruanos, argentinos o mexicanos). Estamos circulando por el mundo de manera distinta y los estereotipos de antes no alcanzan para descifrar la complicación de la cultura de hoy. Creo que los escritores jóvenes están en sincronía con eso. Además, no nos tomamos tan en serio como, por ejemplo, Vargas Llosa.

¿Qué tan diferentes son en relación a los canónicos padres del Boom?
Somos un poco más irónicos respecto a esa figura un poco tenebrosa o, digamos, taxativa del escritor latinoamericano. Ese moralismo profesional en cualquier posición que se tenga, pero que siempre está ahí como un árbitro de algo. Ya sea en posiciones de izquierda como el caso de Vargas Llosa antes, o de derecha como ahora, pero la posición y la forma de tenerla es la misma.

Tampoco ustedes han tenido la ambición de las obras totales.
Es cierto. Incluso empezamos a hacer chistes sobre eso. Decíamos que las obras maestras son un género. Uno podía escribir una con el mismo criterio con el que puede escribir ciencia ficción o un policial. Ya se sabe lo que deben tener. Creo que los que vinimos después comenzamos a percibir eso como un lugar muy estrecho.

Desde hace algún tiempo se ha visto en la novela policial un gran vehículo para retratar la realidad latinoamericana y ha sido explotado. ¿Cómo ve el desarrollo del género en Latinoamérica?
El género policial es extraordinario. Desde Poe, se captó la idea de ver la sociedad desde el crimen y el delito, aprovechando un punto paranoico de la sociedad moderna. En América Latina y en Argentina, hubo el momento Borges, en los 40, cuando editó la colección El Séptimo Círculo. Difundió el policial a la inglesa, la novela enigma, generando un poco el espacio de sus propios textos. En el 68, yo hice la Serie Negra, las primeras traducciones al castellano de la novelística norteamericana dura. Varios escritores se hicieron cargo de esa tradición, como Soriano, Taibo, el mismo Bolaño. En ambos momentos, se deja de lado la literatura social sin que eso suponga caer en la vieja tradición de contenidos políticos correctos. Se puede hablar de corrupción, violencia política, dinero y valores, y hacer una novela con intriga y buen ritmo.

¿El género seguirá evolucionando o se ha agotado?
Lo veo evolucionando. Para decirlo un poco en broma, porque desde luego es esquemático: veo un primer momento, el clásico de Poe, donde el centro es el detective; un segundo momento, que asocio con Hammet y Chase, cuando el centro pasa a ser el criminal; hoy me parece que el centro se ha desplazado al tercer elemento que es la víctima, que lo llamo la ficción paranoica. Además, el género tiene una gran capacidad de incorporación de elementos de periodismo, de teorías científicas y categorías múltiples de las ciencias que circulan. Es un género muy productivo.

Siguiendo el gesto policial, una nueva ola de novelas apela al thriller histórico supuestamente comprometido o, en la lógica del lector como detective, se hacen alardes meta-literarios que terminan en novelas muy aburridas. ¿Cómo ve estas variantes?
Hay recursos que se convierten en retórica y muchas prácticas mal usadas. Es verdad que el género es de aventuras, de acción, la narración está muy sostenida por el movimiento, sin embargo, también es un género muy reflexivo. Hay un momento cuando el relato para y el detective se pone a hablar con otro y le cuenta lo que está pasando. Se hace para que el lector no se pierda. Para muchos, a veces esto se convierte en lo único del género. Y de acuerdo a la experiencia que tuve cuando hacía la Serie Negra, había que leer 300 novelas para encontrar 30.

En 1997 la editorial Planeta premio su novela Plata Quemada y se cuestionó la legitimidad del resultado. Más allá de la anécdota, ¿cree que los premios literarios son una honesta oportunidad para las obras de nuevos autores?
Es una modalidad por la que todos hemos pasado y siempre ha sido un escalón importante para los jóvenes escritores. El problema es que ahora pareciera que hay pocos premios y todos los escritores con cualquier tipo de antecedentes o trayectoria terminan en el embudo de los mismos premios. Debería haber más premios para inéditos, nuevos autores, diferentes categorías, y estar menos manejado por las grandes empresas y el mercado. En otra época, era más fluido. Hoy, todo se condensa. Por otro lado, los premios son un invento difícil de considerar dentro de la lógica literaria. Comparar dos novelas siempre es arbitrario. No son una definición verdadera del valor literario, especialmente, los que tienen mucho dinero en juego.

¿Qué lees de literatura peruana?
Aunque hace mucho que no voy a Perú. Siempre he pensado que tienen una gran tradición. Sobre todo Arguedas como punto de referencia. Me parece un escritor muy importante que creó espacios. El zorro de arriba, el zorro de abajo es extraordinario. La literatura peruana tiene una gran tradición poética y eso siempre ayuda. Como que el lenguaje empieza a encontrar un campo. También me gusta mucho Un mundo para Julius de Bryce Echenique. Pero tengo una deuda con la nueva narrativa.

Plata Quemada es su última novela publicada. Aparece entre la corrupción de Menem y la crisis del 2001. Curioso momento para una metáfora de billetes quemados por unos criminales.
Es un libro que escribí en los 70 y retomé después. Está muy ligado a esa relación entre delincuencia, policía, política y corrupción. Ese juego alrededor de qué es el dinero y qué valor tiene. Me interesó la posición extrema de esos delincuentes que se vuelven épicos. No se entregan aunque saben que van a morir y aguantan toda la noche ante la policía. El otro punto es que queman el dinero, cerca de 500 mil dólares. A veces, parecían más criminales por haber hecho eso que por haberlo robado. Hay muchas metáforas que circularon en la Argentina, porque poco después el Estado comienza a robar el dinero a través de los bancos, donde los ahorristas sufrían las consecuencias del corralito.

La crisis fue un duro golpe al ego argentino, pero se ha ido recuperando.
Es un milagro. Es un ejemplo de la crisis del neoliberalismo en América Latina. Es extraordinario que la Argentina haya podido superarlo y creo que es porque estamos muy acostumbrados a hacerlo. Yo he vivido como seis o siete. Es un país con una economía muy inestable.

Y sus gobiernos también.
Es una confusión que nunca se terminó de descifrar: cuál es el huevo y cuál la gallina. Es la inestabilidad política la que ha generado las crisis periódicas o es una economía que no termina de encontrar su funcionamiento. Por otro lado, la crisis produjo una serie de efectos muy profundos en la cultura argentina. Problemas de representatividad en general. Se cuestionó el valor de los políticos como condensadores de intereses populares, se desmitificó la figura del ministro de economía como la de un nuevo intelectual que tenía un saber que el resto debía admitir. Había que buscar consensos políticos. La discusión sobre economía no debía ser solamente de expertos técnicos.

¿Cree que con Kirchner el sistema se ha vuelto más inclusivo?
Creo que sí. Las respuestas que se le dieron a la crisis no estuvieron ligadas sólo a los sectores monopólicos de la sociedad, que siempre han sido los protagonistas de los debates económicos. Más bien, se trató de resolver los problemas de los que no han estado en los medios y en la toma de decisiones. Se abordó la desocupación, la miseria extendida, el problema de las privatizaciones que se generó con Menem. Se discutieron muchas cosas que se habían dado por hechas.

¿El acercamiento de Kirchner con Chávez incrementa las tensiones en la región?
Tengo la sensación de que el problema de la región es Estados Unidos y la administración Bush. Después de eso que cualquier liberal sensato percibe, se pueden criticar los estilos políticos de cada uno.

Su última novela de ficción salió en 1997 y a veces ha dejado espacios de más de una década entre novelas. Se toma su tiempo.
Siempre me he demorado, aunque no ha sido deliberado. Es mi ritmo de escritura, las novelas necesitan un tiempo interno para desarrollarse. Ahora estoy por publicar una reedición de mi primer libro de cuentos, La Invasión, un libro que fue premiado en Casa de las Américas en 1967. No lo había vuelto ha editar porque siempre pensé que tenía que trabajarlo un poco más y recién he podido hacerlo. Va a salir con cinco cuentos nuevos escritos en aquel momento. El reto fue ver si podía escribir con el modo que tenía de ver la literatura a los 22 años.

Javier Marías escribió al reeditar su primera novela que no la había cambiado porque no le parecía justo que el adulto juegue con los juguetes del niño.
Aquí fue que el mayor jugando con los juguetes del niño quería ver si podía convertirse en niño otra vez.

2 comentarios

Archivado bajo Entrevistas

2 Respuestas a “Ricardo Piglia: “No nos tomamos tan en serio”

  1. leonardo

    yo quiero la direccion de mail de Piglia.Puede ser?

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