Charly García y por qué tomarlo en serio

Desintoxicado, con algunos kilos más y un tema nuevo, Charly García ha vuelto. Hace terapia y ensaya a diario. No toma ni se droga, pero fuma cigarrillos. Tiene casi 58 años y se imagina casado y con hijos. Está enfocado en tocar sus temas de los 80 y hacer una retrospectiva de su obra con los arreglos originales. Egomaniaco, aún sabe que cambió el rock en español para siempre. Su regreso comienza en Lima. Mientras lo esperamos, fuimos a Buenos Aires a mirar de cerca. (Crónica de Paul Alonso publicada en la revista Dedomedio, septiembre, 2009)

Una grandilocuente y exagerada campaña de publicidad lo anuncia: “vuelve el más grande”. Tras más de un año recluido y en tratamiento de rehabilitación por su adicción a las drogas y el alcohol, Charly García canta: “Che, si de veras me tomás en serio, deberías saber por qué”. Es la letra de su último tema—hit pegajoso, reciclado, pero con su irrefutable estampa—que fue estrenado en cadena nacional por la radios argentinas. Ese día, el Obelisco de la Avenida 9 de Julio en Buenos Aires apareció envuelto con un gran brazalete que tenía inscrito Say No More, aquella frase que significó la gran metáfora de creación estética de García, el alter-ego de vivir en un “constant concept”: ser un rocker las 24 horas al día, los 7 días de la semana. Mientras ese mismo brazalete era subastado, García declaraba que “the future is clean”. “La música sola, el show, la letra de las canciones. Con eso alcanza. Me voy a ganar a la gente con eso, no rompiendo guitarras”, aseguró.

Este término simbólico del atormentado periodo de saynomorización ofrece el nuevo semblante de un músico de 58 años, de actitud calma y quizá algo adormecido por las pastillas, que realiza obediente terapia, que ensaya con su banda varias horas al día y que, como decía Perón, va “de casa al trabajo y del trabajo a la casa”. En este ambiente, está protegido e incluso podría decirse que algo cercado. Se oyen lejanas las anécdotas del García agresivo que se tiró del noveno piso de un hotel mendocino, que habitaba en su departamento de la avenida Coronel Díaz y Santa Fe, envuelto en whisky, tabaco, cocaína y aerosoles, con las uñas pintadas y la piel en los huesos, la mirada desorbitada, y el ego encendido como la última chispa de un talento único. Periodistas y fanáticos tocaban la puerta para pedir audiencia ante el único gurú capaz de despertar tanta admiración y pena al mismo tiempo. García se convirtió en el espejo de los peligros y contradicciones del rock: el arte-actitud capaz de concentrar los más intensos clamores del siglo 20 y la mediatización que convierte a la rebeldía en caricatura.

Ahora, el genio del bigote bicolor interpela a sus seguidores con su única arma válida y las razones de su importancia: la virtuosidad que lo hacía tocar a los clásicos desde los cinco años gracias a su oído perfecto, que se avivó con la influencia de Los Beatles y catalizó las transformaciones desde la Argentina peronista y militar hasta la sociedad del espectáculo, que se transformó en estilo para dejar pergeñados decenas de álbumes y temas históricos con Sui Géneris, Serú Girán, y La Máquina de Hacer Pájaros, que se inventó inacabablemente como solista durante los 80 y 90 hasta el Influenza de 2002 (su último buen disco), que sonó al ritmo de la belleza y el horror otorgándole sentidos a varias generaciones; la virtuosidad de ser el músico más talentoso de esta parte del mundo y no querer volverse más loco. La virtuosidad de ser Charly García, a pesar de sí mismo.

Llorando en el espejo

Hace más de un año Charly García tocó fondo de su último abismo cuando provocó graves destrozos en un hotel de la provincia de Mendoza. Ante la descorazonada mirada de sus amigos verdaderos y su hijo Miguel, el cuerpo de Charly era trasladado en camillas y su personaje se convertía—otra vez—en la comidilla de los medios sensacionalistas. Por órdenes judiciales, el incidente derivó en una larga internación en una clínica psiquiátrica, hasta que Ramón “Palito” Ortega lo acogió en su quinta de Luján para que prosiga la recuperación. “Siempre supe que tenía gente alrededor que me quería. Pero no era justamente la gente que yo pensaba”, ha dicho Charly a Clarín sobre este periodo que aún no concluye, pero que dejó ver su nuevo talante en marzo cuando dio un sorpresivo mini-concierto callejero de 35 minutos en la provincia. “Le estoy eternamente agradecido a Palito. Pete Townshend salvó a su amigo Eric Clapton de la heroína. A mí me rescató Palito Ortega”, agradeció.

En este periodo, Charly ha convocado en su entorno musical a viejos amigos que son un muestrario del pop argentino de los 80: Hilda Lizarazu en coros, Fabián Zorrito Quintiero en teclados y el Negro García López en guitarra, junto al trío chileno The Prostitution que viene acompañando a Charly desde hace años (Kiuge Hayashida en guitarra, Toño Silva Peña en batería y Carlos González en bajo). Junto a ellos, Charly ensaya diariamente temas de una de sus mejores épocas que va del 81-86 (periodo que incluye álbumes históricos como Yendo de la Cama al Living, Clics Modernos, Piano Bar, Parte de la Religión).

“Es increíble lo que me pasa cuando toco las canciones viejas. Todo está ahí. Es como si hubiera diseñado mi vida. Muchas tienen un carácter profético”, dice García a Clarín. Y el guiño es obvio cuando habla de aquellas melancólicas canciones de desangramiento cocainómano, como “Llorando en el espejo” del Peperina de Serú Girán: “La línea blanca se terminó / No hay señales en tus ojos / Y estoy llorando en el espejo / Lo puedo ver: a un hábil jugador, trascendental actor / en busca de aquel papel / que justifique con la acción toda fantasía”.

Esta es la imagen del García lírico y maldito frente al espejo de sus últimas décadas. El mismo que declaraba que hay seis cosas en la vida: salud, dinero y amor; sexo, droga y rock and roll. “A veces tengo todo y casi siempre tengo bastante de esas seis cosas. Empecemos por las drogas. La droga es como un juguete: no es súper importante. La salud es más importante, por ejemplo, porque si te agarra un cáncer, no podés hacer nada. Y además, está dentro de uno. La droga, en cambio, está fuera, es una cosa que uno compra y que no tiene por qué tomar”, le dijo al periodista Roque Casciero en una entrevista para Playboy en 2003.

Sin embargo, Charly ya había sido internado algunas veces por sus adicciones. “Lo que te hacen antes de internarte es volverte loco: te cierran la puerta de tu casa, te sacan las llaves, le dicen a todos tus amigos que se borren. Es un complot y vos no entendés nada. Y si estás confundido, terminás perdidísimo. Eso se llama “amor duro”, a Kurt Cobain también le hicieron algo así. Yo no creo en una psiquiatría de esa clase. Cuando estás jodido necesitás que alguien te dé bola y que te explique lo que no entendés, no que te digan que tenés que curarte vos mismo”, agregó.

Esta vez, sin embargo, parece diferente. La musicoterapia, ejercicios y sesiones de kinesiología, la protección de su equipo, familia, amigos y colegas, su reclusión voluntaria (ahora en un departamento de Palermo Chico) no es percibida por Charly como obra de los “carceleros de la humanidad”. Es la única manera que le quedaba de reencontrarse con la música: “Es muy raro estar tocando sin drogas. Es la diferencia entre subir a un escenario borracho, tocar cualquiera y decir cualquiera, y la de una cosa hecha más matemáticamente. Todos los grandes han pasado por eso. Y muchos han vuelto y les ha ido bárbaro”, dijo a la Rolling Stone. Y admite: “En un momento se pensaba que las drogas no hacían nada, que no había efectos secundarios. Y no era así”.

Advertencia: la anécdota de Charly no debería funcionar como un ataque-moraleja contra las drogas. Tampoco como apología. Debería, simplemente, sumarse a la lista de testimonios y experiencias sobre el exceso. Aunque el placer devino en enfermedad, nadie podría negar los gloriosos momentos de lucidez que el exceso ha otorgado a la humanidad. Y Charly lo sabe: “Mi visión del futuro no es ser un monje ni mucho menos. Por ahora no puedo hacer nada que esté enemistado con la medicación que estoy tomando. De acá a un año voy a poder estar tomando un vino tranquilo: como una persona normal. Me aguanto las tentaciones. Ya tiré un misil que es volver a tocar en septiembre, cuando empiece la gira en Perú. Y va a pasar algo más grande de lo que era. Voy a tener una de las más grandes satisfacciones”.

No bombardeen a Charly

Inspirado en una campaña publicitaria por la vuelta de Muhamad Alí, el retorno de Charly es el último de una lista de estrellas que regresa a los escenarios luego de haber aspirado una larga línea de decadencia. Hace pocos años, Andrés Calamaro—tan odiado por Charly—fue el bohemio desatado que regresó (“to the moon and back”; ver Dedomedio 13) para brillar apoteósicamente en su condición de ídolo. Las razones de este fenómeno son esquivas. Quizá porque Argentina es un país que premia a sus genios desbocados (Maradona es el 10 de este equipo), quizá porque el aprovechamiento total del talento está reñido con la mesura, quizá porque hay algo lírico en la decadencia del artista y la justicia poética lo rescata, quizá porque hay mucho dinero en juego y el rock de hoy necesita a sus iconos fundacionales. O quizá simplemente porque Charly García es más importante como músico que como símbolo contracultural.

Pero, ¿podrá este hombre en rehabilitación llenar las expectativas del retorno del más grande? Es cierto que se le ve mejor: tiene un cool peinado nuevo, la cara rolliza, ha recuperado la voz, y se ha arreglado los dientes. En las imágenes de “Deberías saber por qué” se le ve calmado y sesudo, midiendo las melodías y esforzándose en una interpretación de contenido: “Che, si en verdad me tomas en serio/ Deberías saber por qué/ En el fondo no es un misterio/ Deberías saber por qué… Che, si te pones la camiseta/ Deberías saber por qué”.

Pero el circo lo amenaza: Susana Giménez y Marcelo Tinelli se matan por transmitir su primera aparición pública y todos los medios se rasgan por la exclusiva. Al mismo tiempo, otros tienen dudas sobre si podrá cumplir las exigencias de este retorno y acercarse a la destreza que su excelso pasado musical. Las luces otra vez refulgen sobre él—inquisitorias, ubicuas, insidiosas. Esta vez parece que Charly tiene algo qué decir.

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