Alonso Cueto y la venganza del pasado

Escritor de tinte realista, el peruano Alonso Cueto (Lima, 1954) ha sido un prolífico narrador de los conflictos y pugnas sociales del país. Deudor de Henry James y Raymond Carver, se instala en la vertiente anti-utópica consolidada por Mario Vargas Llosa—la confrontación inevitable con lo mundano y la tragedia intrínseca de nuestra interacción social. Nos recibe en su casa del distrito de Miraflores, en Lima, para conversar sobre su gran obsesión: el pasado. (Entrevista de Paul Alonso publicada en El Nuevo Herald de Miami, 17 de octubre, 2010)

Desde su primer libro de relatos, “La batalla del pasado” (1983), hasta sus más recientes novelas—como “El susurro de la mujer ballena” (Finalista Premio Planeta-Casa de América, 2007), “La Hora Azul” (Premio Herralde, 2005), “La venganza del silencio” (2010)—el tema ha estado ahí. En las historias hay un secreto del pasado que ingresa para trastocar el universo de los personajes, para quebrar su aparente relación armónica con su entorno. Sin embargo, no estamos necesariamente condenados por él: “Podemos luchar y enfrentarnos al pasado, pero es un peso en nuestra vida”, dice Cueto. “No es algo irreparable ni un destino. Los seres transformamos nuestras memorias y a veces incluso creamos recuerdos que no existen, solamente para poder sentirnos mejor. Es un tema universal que tiene que ver con la naturaleza de una vida en el tiempo”.

Otro tema afín en su obra es la familia, “una institución hecha para que podamos enfrentarnos a la sociedad”. Según el escritor, “nuestros padres generalmente buscan darnos herramientas para vivir una vida autónoma. Muchas veces, parte de esa educación es ocultar los secretos terribles que hay en la familia, para que los niños no se sientan avergonzados o asustados de las cosas que han hecho nuestros antepasados”. La familia se configura así como cajas de Pandora que almacenan bombas de tiempo: “En algún momento estos secretos aparecen. Entonces, se produce una gran transformación: la de confrontarnos cara a cara con la verdad de que ese mundo ideal es en realidad un mundo contaminado, pervertido, con historias terribles”.

Esto se da, por ejemplo, en “La Hora Azul”, “un cuento de hadas al revés”. El personaje principal, un tipo que ha vivido en un paraíso artificial de espaldas a la realidad del resto del país, descubre que su padre fue un torturador. A partir de esta revelación trágica nos sumergimos en su descubrimiento del periodo de violencia entre el Estado peruano y Sendero Luminoso. “Me interesa mucho cómo reaccionamos los seres humanos cuando nos enfrentamos al mal, a lo terrible, a lo violento. Porque creo que el descubrimiento del mal es algo que llega a nuestras vidas tarde o temprano”, dice Cueto.

El Perú, paraíso literario

Para Cueto, el Perú es “un laboratorio interesante, donde la humanidad está haciendo un experimento para ver si las diferentes etnias pueden convivir”. Y es que en el país “están mezcladas todas las clases sociales, todas las etnias, muchas lenguas, muchas culturas, muchos estilos de vida, todos conviviendo y confrontándose”.

Este configuración social, sin embargo, ha ido cambiando. En el Perú del siglo XXI, hay más movilidad social y económica, lo cual genera nuevos conflictos “entre una clase emergente (de inmigrantes andinos o de clase baja) que ha logrado éxito económico y una clase tradicional que ve con desconfianza y recelo este surgimiento”. Para el escritor, “se igualaba la idea de ser blanco con ser rico y la idea de ser indio con ser pobre. A la clase blanca le molesta ahora que haya indígenas con dinero que van a sus restaurantes, a sus clubes, a sus espacio públicos. Entonces, tratan de minimizarlos y los llaman ‘el rey de la papa’ o el ‘rey de la yuca’”

Este asunto está presente en su última novela, “La venganza del silencio” (2010), donde la historia de una familia de clase alta limeña da cuenta de las desigualdades y los conflictos raciales. En medio de toda esta efervescencia social, la cultura cumple un rol de cohesión: “Lo que le falta al Perú es encontrar un vínculo esencial en la cultura. Las diferencias todavía son muy fuertes. El día que se baile huayno en una fiesta de promoción de un colegio de clase alta en Lima, ese es día habremos cambiado”.

Todo esto configura al Perú como “un paraíso literario, porque un escritor vive de los conflictos y sin estos no hay historia”. Y las historias de Cueto tampoco se alejan del gran marco político. Su novela Grandes Miradas (2003) se desarrolla durante los noventa bajo la dictadura Fujimontesinista. “Si miras el nivel de las dictaduras de los años cincuenta con Trujillo, Odría, Perón, Batista, ves que esos líderes existían en sociedades que permitían estructuras de poder basadas en el culto a la personalidad”, dice Cueto. Y aunque Chávez le parece “repugnante”, “América Latina ha cambiado. Somos mucho más intolerantes frente a los abusos del poder. La idea de Fujimori y Montesinos sobre un país que se les entregaba resultó anacrónica”.

Con miras a las próximas elecciones presidenciales del 2011, Cueto piensa que no ganará el que represente simplemente la estabilidad o la vuelta al pasado (léase Keiko Fujimori) ni tampoco el que quiera dinamitar o sabotear el sistema (léase Ollanta Humala). Cree que va a ganar el que mantenga las estructuras, pero de más oportunidades de movilidad social, acceso a la educación y distribución económica. “Para mí el candidato más interesante es Alejandro Toledo”, admite.

Este panorama político habita en un tiempo cuando las ideologías han perdido poder. Para el escritor, este vacío ha sido reemplazado por la amistad, como en “El susurro de la mujer ballena” (2007). Es la historia de dos mujeres que compartieron confidencias cuando eran niñas y se reencuentran 25 años después. “Las ideologías suponen un pacto de principios comunes que son externos a los individuos, mientras que la amistad supone un pacto individual. Uno puede reconocer e incluso tener simpatía por los defectos ajenos, lo cual no haría un militante de un partido”, dice Cueto. “Vivimos en un universo donde hay ideologías y religiones extremistas o un desencanto y escepticismo total. A mí me interesa el universo de los afectos individuales y cómo van subsistiendo en medio de estos extremos. El amor y la amistad, ambas formas de afecto, son un misterio”.

Y la única manera de acercarnos a estos misterios es el arte, ese espacio indisoluble a la muerte. El padre de Cueto murió cuando él tenía 14 años y este hecho está unido a su descubrimiento de la literatura. “Ese verano leí mucho a Vallejo. Sentí que estos poemas decían cosas similares a lo que yo estaba sintiendo. Me pareció insólito que hubiera vivido hace tantos años, que hubiera muerto en un país distante y pudiera hablarme de una manera tan directa sobre lo yo sentía”, dice. Descubrió así el poder de la literatura para traspasar fronteras espaciales y temporales. Y decidió a escribir, porque “el arte es el único gesto digno y esperanzado que los seres humanos tenemos frente a la muerte. Es una manera de establecer un tiempo que aspira a ser eterno. Es la postergación de la muerte”.

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