Miki González: “Hice chicha en el 86 con Charly García y Andrés Calamaro”

Veterano del rock, explorador de la música andina y afro-peruana, DJ del nuevo milenio, Miki González es uno de los músicos más influyentes y versátiles del país. Nacido en Madrid, abandonó sus estudios de ingeniería y arquitectura por la música. Se formó con el jazz, pero fue cooptado por el rock y acogido en Chincha por la familia Ballumbrosio para hurgar en la cultura negra. Grabó su primer disco en 1986 en Argentina y formó parte de la cofradía de Charly García, con quien grabó un tema de chicha—“Chapi García”—en el cual hablan de la “caspa del inca”. (Entrevista de Paul Alonso, publicada en Terra, septiembre, 2010)

Tiempo después, su tema “Hoja verde de la coca” fue vetado por MTV por considerar que hacía apología al consumo de cocaína. A pesar de alucinarse Robert Smith en los ochentas, ahora, a los 58 años, se identifica más con el músico andino Máximo Damián.

Su época de rock fusión ha dejado hits históricos—“Dímelo, Dímelo”, “Lola”, “Vamos a Tocache”, “Akundún”, “Chicles, cigarrillos, caramelos”—y su banda cobijó a talentos del grupo punk “Narcosis” que luego dejarían su propia estampa en el rock: Pelo Madueño (líder de la desaparecida La Liga del Sueño) y Wicho García (vocalista de Mar de Copas). Ha grabado 14 discos. “Algo es algo, dijo el diablo y se llevó al cura. Eso decía mi comadre Ballumbrosio”, cita Miki, sentado frente a un jugo de papaya. Estamos en un café de Miraflores. Pasa una chica guapa. La miramos. Comentamos sobre las posibles propiedades afrodisíacas del jugo de papaya.

Hace budismo a diario y está separado desde hace un par de años de su esposa, la actriz Celine Aguirre (a quien considera “una buena amiga”). En el 2001, su música dio un giro hacia lo electrónico que se consolidó en Café Inkaterra (2004) y una seguidilla de experimentos “chill out”, inspirados inicialmente por Fatboy Slim y Chemical Brothers, pero que también incorporaban música peruana (“Ahora los muchachos me tienen como DJ”, dice). Su último disco, “Landó por bulerías” (2009), del cual acaba de realizar un espectáculo en Lima, combina temas afro-peruanos y música flamenca, géneros que considera conectados por ritmos y raíces de marginalidad.

¿Qué compartes del espíritu gitano que has incorporado en “Landó por bulerías?

El espíritu gitano es un espíritu de libertad. Si te pones a mirar la historia de los gitanos, siempre vivían afuera de las ciudades en sus carromatos. Te hablo de los gitanos europeos, que son los que han formado esta cultura que yo estoy explorando ahora. Tienen esta sensación de marginalidad. Pero a partir de los años ochenta especialmente se han ido incorporando mucho a las ciudades. Ahora ya son parte de la sociedad, pero conservan muchas tradiciones. Entonces, hay un movimiento de reivindicación de lo talentosos que son en el arte.

El flamenco se suma a otros géneros de minorías étnicas o marginadas que has explorado, como los ritmos afro-peruanos y andinos. ¿Qué une tu fascinación por estos géneros?

Me gusta lo marginal, este tema de supervivencia a como de lugar. Eso me resulta fascinante. Es algo natural, no intelectual. Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que ya tengo un montón de años haciéndolo. El tema más reciente es el de la música andina. Me gusta cómo el hombre andino se ve a sí mismo no como europeo, aunque está muy mezclado. Cuando me presentan la cultura andina en un contexto europeo, no me gusta para nada. Me fascina que todavía se conserven valores, como la manera de expresar la música en el altiplano que se comunica con sus divinidades. Porque constantemente están conectados con su medio ambiente.

Te interesa entonces lo que está en su estado más natural, más cerca de la cultura original.

Sí, digámoslo así. Y eso existe en Perú.

Curiosamente tú haces un híbrido de eso con otros géneros.

No me gusta tanto la palabra “híbrido”, porque un híbrido significa que no puede tener descendencia. La mula, por ejemplo, no puede tener descendencia. Hay que tener un caballo con una burra. O una yegua con un burro. No sé cuál es exactamente. No soy especialista. Pero la cosa es que no tienen descendencia. Algunas de mis fusiones son cosas que han ido quedando, lo cual no lo vuelve tan híbrido. Sino que se conectan dos cosas y tienen vida propia. Aunque también hay cosas que quedaron ahí y no pasó nada.

Grabaste tus primeros discos en Argentina, con colaboraciones de Charly García, Calamaro, el Cachorro López. ¿Qué tanto te identificas con esa camada de músicos argentinos?

García es contemporáneo. Calamaro y los demás tienen como diez años menos. Fue bien importante, porque yo me interesé en el rock como una cosa nueva. Venía de estudiar jazz en una universidad. Y de un momento a otro, sin haber grabado en ninguna parte, sin que me conozca nadie, salvo aquí un hit que era “Dímelo dímelo”, de repente hago un disco en Argentina con toda esta gente. Y nos hacemos amigos. Eran mis patas. Y cuando Charly García me dice ‘qué tema quieres que cante’, le digo: ‘no cuñao, vamos a cantar chicha’. No era ‘voy a vender mi disco haciendo un tema contigo’. En un ataque de autenticidad extrema hicimos una chicha. Se llama “Chapi García”, un homenaje a los Chapis y a García al mismo tiempo. Ahora que está de moda la cumbia, me dicen por qué no haces eso. Y digo que ya lo hice. He grabado cumbia en el 86. Hace poco le mostré a alguien y me dice ‘parece Bareto’. Y es un tema con el coro de Charly y Calamaro. Soy un artista auténtico, hermano, excepto que el cheque sea demasiado grande. Ahí me vuelvo corrupto y no hay problema.

Estos rockers argentinos llegaron a picos de exceso y decandencia personal, mientras tú llevas una vida bastante más saludable. ¿Cómo te libraste de ese estigma de la estrella de rock?

Muy sencillo, hermano. Porque yo empecé tarde. Grabé mi primer disco a los 33 años, no a los 18 ni 20. Tuve un cierto éxito y sí, es cierto, el éxito te marea. Pero como ya era grande, no me mareé tanto. No fui descuidado.

A Sabina, por ejemplo, también le llegó tarde e igual se la creyó.

No sé cuál es la historia de Sabina. Sé que le gustan mucho los bares.

¿Y a ti no te gustan?

No particularmente, no. Me gustan los templos.

Haces budismo. ¿Cómo llegaste a esta disciplina espiritual?

Yo estaba en la secundaria en la época que la música de moda eran los Beatles. Y George Harrison había descubierto a un gurú y llevó a toda la banda a la India. Yo estaba estudiando los primeros años de universidad en España. Y me interesé por el yoga. Era también por toda esta influencia mundial. Hay cambios muy fuertes en los años 60: todo el movimiento de liberación femenina, la guerra de Vietnam. Políticamente cambió el mundo. Todo el tema de los negros, Malcolm X, todo eso. Y me empecé a interesar en el tema de la espiritualidad de Asia. Y cuando volví de España, me fui a vivir al Cuzco y ahí conocí a un maestro budista. A partir de ese momento, me sentía budista. Te hablo del año 74. Me sentía budista, pero no era un practicante. En el año 92, me volví a reencontrar con mi maestro y ahí ya comencé a practicar a diario.

¿Aún practicas budismo a diario?

Claro. Lo hago mirando tele, tomándome una chela… Mentira, es broma. Debe haber un tipo de budismo para eso, pero no lo recomiendo. ¡Cómo vas a meditar tomándote tu chela! Medio bravo, ¿no?

Desde tu primer LP—“Puedes ser tú”—había un componente de crítica social y política en tu música. ¿Qué crees hay ahora que criticar en este país?

Hay muchas cosas que criticar. Lo importante es saber para qué es la crítica. Como yo lo entiendo, la crítica es para hacer notar que algo no funciona bien, para corregirlo. Criticar solo para decir fulano o esto está mal y qué bien estoy yo, no tiene sentido. Por ejemplo, yo venía ahora pensando por qué en este país no se puede seguir reglas. Las reglas son para los tontos; los vivos no las siguen. Hay un sentimiento de pérdida gigante. Lo ves en la gente que maneja, poniendo en peligro su vida y la de los demás. Están violando las reglas de tránsito y es muy serio. Se sienten unos cagados verdaderos siguiendo las reglas. En gran parte del mundo, en Europa, la gente sigue reglas y las cosas funcionan. Pero cuando vienen los vivos a romper las reglas todo está cagado, todo está hasta las huevas.

En el 2001 diste un vuelco a la música electrónica. ¿Cómo se dio este giro?

Es una combinación de muchas cosas. Alguien me pasó un disco de Fatboy Slim. Me fascinó el hecho de que con cortar y pegar se pudiera hacer una cosa así maldita, con un súper gusto, con súper onda. Me gustaba la propuesta [hace sonidos de beats electrónicos], que era un poco la moda de Londres a mitad de los noventa, con los Chemical Brothers y todo eso. Esto es lo primero que escucho. Entonces, rehice mi repertorio en electrónico. Paralelamente, tenía un proyecto de música andina y, mientras estaba grabando, ya tenía los ritmos electrónicos en la cabeza.

Si en los ochentas pensabas en Robert Smith, ¿cuál sería ahora tu referente musical?

Máximo Damián. No puedo hablar mucho de sus intimidades, pero sus novias son menores de 16.

1 comentario

Archivado bajo Entrevistas

Una respuesta a “Miki González: “Hice chicha en el 86 con Charly García y Andrés Calamaro”

  1. garsot

    Miki es un grande! Buenaza tu entrevista.

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