Santiago Roncagliolo: “El sexo antes era reprimido, hoy es obligatorio”

Como Billy Wilder, el escritor Santiago Roncagliolo piensa que los clichés son un buen punto de partida para construir personajes más complejos. Así, Tokio, sexo, soledad, y alta tecnología se entremezclan en su última novela, “Tan cerca de la vida”, un thriller psicológico con atisbos de ciencia ficción que él define como “una historia de amor”. (Entrevista de Paul Alonso publicada en Terra Perú, noviembre, 2010)

En esta entrevista, hablamos de la oferta sexual en Japón, de la penetración sin amor y de lolitas que posan para fotos polaroid. Dice que la industria literaria necesita productos en serie, que sus libros no pueden hacer felices a todos y que le debe entretenimiento a sus lectores. Piensa que si un texto político no genera polémica está mal hecho, que es el momento literario de las mujeres palestinas y que no se siente cómodo como activista político. Recuerda que Szyszlo lo tildó de chavista y que él no le contestó porque Tudela ya le había pegado.

Tu nueva novela, “Tan cerca de la vida”, coquetea con la ciencia ficción y describe un mundo de tecnología casi futurista. ¿Cuál es la principal relación que encontraste entre el espacio japonés y este género?

Salvo algunos extremos, toda la tecnología que describo en el libro existe, en el mercado o en fase de desarrollo. Y Tokio es así, muy tecnológica. Lo que Tokio me permitía era tener la atmósfera de la ciencia ficción sin hacer una historia de ciencia ficción. Ballard decía que escribía en un tiempo que se llamaba presente visionario. Tokio es nuestro presente visionario; una realidad alternativa que podría estar ocurriendo ahora. Sin embargo, para mí es sobre todo una historia de amor.

Y de sexo.

El mercado del sexo era lo que más me llamaba la atención de Tokio, los servicios sexuales que puedes comprar o vender. Lo que está permitido o prohibido pertenece a otra dimensión para nosotros, como si fuese Saturno. Por ejemplo, hay hoteles del amor, que son los hoteles temáticos, como parques de diversiones sexuales a los que vas a vivir tu fantasía. Y tienen habitaciones decoradas de paraíso tropical, palacio medieval o de lo que tú sueñes. Luego, puedes contratar mujeres sólo para hablar. Las prostitutas tienen carteles por las calles con sus fotos. Se publicitan en paneles de la calle como cualquier otro producto. Me gustaba que mi personaje, Max, se paseara por ahí. Max está muy solo, no puede conseguir amor. Por lo menos, quiere sexo. Y está en un planeta distinto donde la mayoría de las veces ni siquiera consigue eso, porque no entiende los códigos.

¿Te parece que esta realidad sexual es liberadora o más bien represiva?

Lo curioso es que el sexo es algo muy personal con lo que siempre queremos reglas sociales. Cada cultura pone sus reglas y son rigurosas. Pero nunca sabemos cómo lo hace el vecino. Personalmente, creo que el sexo antes era reprimido y ahora es obligatorio. Si sales con una chica y no te acuestas con ella, se ofende. Estás siendo un antipático. Y ahí está el bombardeo social acerca de lo maravilloso que tiene que ser el sexo y cómo deberías estar todo el tiempo teniéndolo. Y todos sabemos que es mentira. Las mujeres son más honestas con respecto a esto. Las conversaciones con los hombres son aburridas: siempre lo han hecho excelente, perfecto. Y todos han sido grandes polvos, antológicos. Y no es así. A mí me interesa el tema en tanto muestre una sexualidad más real.

Te impresionó la sexualidad de Tokio. ¿Cómo contrasta con la de otras partes del mundo, como en la que vivimos?

Los primeros días crees que están locos todos los japoneses. Después de unas semanas, empiezas a sospechar si no estaremos locos nosotros. En el fondo, creo que la cultura japonesa es muy pragmática. Asumen el mundo tal cual es. La cultura nuestra que viene del catolicismo es mucho más represiva y culposa, y recurre a más elementos abstractos para explicar las cosas. Los japoneses saben que hay una realidad y tratan de ver cómo organizarla. Hay locales a los que tú vas para que te asesoren sobre todo tipo de compañía femenina que puedes conseguir y todo es legal. Pero a la vez, hay represiones tan extrañas como la penetración. La penetración está prohibida, a menos que sea por amor.

O sea, hay toda esta oferta sexual, pero no puedes penetrar…

Algunas prostitutas brindan ese servicio. Pero si la policía te detiene tienes que ir a la comisaría a declarar que estabas enamorado. Que se enamoraron en 20 segundos y se fueron al sauna. Es muy difícil saber qué decir de los japoneses, porque muchas cosas están en tus ojos. Por ejemplo, fui a un bar, que está descrito en la novela, donde te atienden unas chicas de aspecto menor de edad, vestidas con delantales y cofias, como empleaditas domésticas, como sirvientas del siglo XVIII, y con orejitas de conejo, que te traían la torta y el café y te removían el azúcar en el café y te cantaban una cancioncita. Y luego se tomaban fotos polaroid contigo y dibujaban corazoncitos o florecitas en las fotos. Y yo pensé esto es pederastia mínimo. Esto tiene que ser ilegal en un montón de países. Y cuando conversé con una de estas chicas, ella me miró horrorizada, como diciendo ‘oiga, aquí vienen señoras, abuelas y niños. Esto es sólo para vivir una fantasía. El que es un pervertido y debería irse a ver es usted’.

¿Y te tomaste fotos con ella?

Sí, me tomé una foto que la tengo ahí. Me puso dos corazoncitos y una flor.

Tu novela parece establecer un guiño a la película “Lost in Translation”.

Estuve en el mismo hotel que Bill Murray. No sabía que era el mismo; me di cuenta después de unos días. Es una historia muy diferente, pero el escenario es el mismo. Porque este hotel es perfecto para retratar la soledad. Empieza a 45 pisos por encima del suelo. Te sientes como que flotas en un ovni por encima de la ciudad. Y es muy lujoso, muy glamoroso. Todo eso te hace sentir muy solo, que el mundo es demasiado bueno para ti.

Otro tema que has mencionado sobre la novela es que te preocupa cómo los seres humanos nos parecemos cada vez más a las máquinas. ¿Cuál es el correlato de esto en el mundo literario? ¿Está sucediendo también en la creación artística?

Bueno, la industria necesita productos en serie. Yo tengo a algunos de mis editores bastante angustiados. Es más fácil que seas un autor que siempre hace libros parecidos. Y yo hago de todo; voy saltando de géneros y estilos. Inexplicablemente, todo va bien. Estamos muy contentos. Pero en efecto, la presión de la industria está en dirección a que los productos sean fáciles de etiquetar y de colocar en las estanterías. El arte también.

¿Cómo crees que cambió tu producción literaria luego de ganar el Premio Alfaguara con tu novela “Abril Rojo”?

Sobretodo, me dio tiempo para escribir. Trato de dedicar todo el tiempo y mis ingresos a seguir haciendo libros. Supongo que si todo sale mal, podré conseguir un trabajo. Los libros también son un buen currículum llegado el caso. Pero sobretodo es lo que me fascina hacer. Y necesitas muchos lectores para poder dedicarte a esto y agradezco tenerlos. Creo que me han salvado el pellejo.

También debes tener mayor presión por publicar. ¿Cómo afecta esto tu proceso de escritura?

Eso no me preocupa mucho. Porque me encanta hacer libros y siempre estoy trabajando. Que haya presión por publicar no me viene mal. Además, son libros muy distintos entre sí. Lo que empieza a haber son demasiadas voces diferentes, que no necesariamente opinan lo mismo sobre las cosas. Están tus editores, tus lectores, los editores en diversos países y lenguas con distintas realidades, están los críticos. Entonces, si estás pendiente de todos, te vas a volver loco y no vas a poder producir. Es imposible hacer felices a todos.

¿Y de cuáles estás más pendiente tú?

Bueno, de mí. Lo que importante es estar satisfecho con lo que estás haciendo. Mi trabajo es muy honesto con lo que siento y con lo que me interesa hacer en ese momento. Es arriesgado y eso también me gusta. Tengo total libertad creativa, lo que implica total riesgo también. Tengo la posición de escoger mis proyectos creativos y voy a disfrutarla mientras pueda.

Aunque tus novelas cambian de temas, suelen seguir patrones de género, como thriller, ciencia ficción, reportaje…

Siempre me ha gustado la cultura popular. Siempre consumí mucho de todo. La primera novela que leí fue “Tiburón”, de Peter Benchley, y también “La Cándida Eréndira”, de García Márquez, de la cual no entendí nada. Leía a los escritores del boom y veía “Who’s the Boss?”, con Tony Danza. Me parece que hay un abismo entre la cultura popular y la alta cultura y a mí me gusta estar al medio, hacer algo que sea respetable como reflexión o trabajo con la prosa. Pero también si quieres divertirte, pasarla bien, tener suspenso, que eso esté ahí. Me parece que es algo que le debo a los lectores. Y la literatura de género hace más fácil leer, porque tienes unos códigos que reconoces. Billy Wilder decía que le gustaba jugar con los clichés porque hacían que rápidamente el espectador comprenda y digiera a los personajes. Pero que los clichés no eran un punto de llegada, sino de partida. Que a partir de ellos uno debe construir personajes más sólidos y complejos. Yo procedo así también.

Tu libro “La Cuarta Espada” sobre la violencia política en el Perú fue criticado. Han dicho que frivolizaba o trataba de manera superficial un tema que es más complejo y delicado en la sociedad peruana. Con la distancia de algunos años, ¿cómo ves estas críticas?

No lo sé. El libro hace lo que propone hacer. No me interesaba hacer un ensayo con mi juicio sobre la violencia, sino escuchar a los que habían hecho la violencia. Sentía que no había ningún libro que los dejase hablar. Y son ellos los que van construyendo la historia, gente de Sendero, militares, carceleros, familiares de Abimael. No creo que ellos frivolicen o no tomen en serio lo que dicen. Pero también sé que uno no puede hacer libros sobre estos temas y pensar que toda la gente va a venir a decirte ‘qué lindo tu libro’. Un libro de esta naturaleza tiene que causar reacciones. Siempre he pensado que un libro que cuente una historia política debe sacudir y desafiar lo que piensa una sociedad. De tal manera que si no hay polémica, si no hay nadie ofendido o vociferando, es que lo has hecho mal.

“Memorias de una Dama” también fue un libro polémico.

Lo que ocurrió con ese libro va a ser un misterio hasta el día en que yo me muera. En algunos aspectos es un misterio para mí también. Pero creo que tiene una historia fascinante sobre los extraños límites entre la realidad y la ficción. Sólo que es una gran historia que yo no puedo contar. A lo mejor la cuentas tú. Me encantaría leerla.

Tendría entonces que conseguir alguna buena fuente.

Esa es la cuestión, que no hay fuentes. Algunos hablan de contratos, otros hablan de censura directa, pero ninguna fuente directamente vinculada ha dicho nada. Es curioso, ¿no?

Tú debes saberlo mejor que yo.

Si veo alguna fuente que hable, seguro seré yo.

¿Y sigue descontinuado el libro en Lima? ¿O eso también es un misterio?

Los misterios son las cosas que no sabemos.

¿Cómo afecta el Nobel de Vargas Llosa a escritores como tú?

Nos hace más visibles. Aparte nos hace felices, porque es muy merecido. Es un escritor que siempre corre riesgos y es muy bueno. Hace que la gente se pregunte qué está pasando en Perú, qué se está escribiendo en Perú. Además ocurre en el marco en que Claudia Llosa casi gana un Óscar, Juan Diego Flórez es el mejor tenor del mundo. Hace que todo el país se sienta mejor y más cómodo consigo mismo. Puede parecer una tontería, pero eso no era así cuando yo me fui del Perú. Este era un país bastante bajo de autoestima. Los políticos ya podrían tomar nota que mejor imagen internacional nos produce la cultura que el fútbol.

¿Cómo ha cambiado la manera de perfilarse y consolidarse como escritor internacional desde la época de Vargas Llosa a la tuya?

Los tiempos han cambiado mucho. Cuando Vargas Llosa y todo el boom aparecen, América Latina es un lugar muy interesante globalmente. Después de la revolución cubana todo el mundo tiene la impresión de que los grandes cambios sociales van a ocurrir en América Latina. Y al mismo tiempo, los escritores más brillantes en ese momento escriben en español, escriben en América Latina, y escriben lo que los españoles no pueden escribir por la censura franquista. Hoy, la mirada ya no está acá. Es mucho más interesante escribir un libro si eres una mujer palestina. Las preocupaciones están allí. Y creo que esto es un gran alivio para los que venimos después. A mí me cuesta más ser un personaje público de lo que era Vargas Llosa, García Márquez o Fuentes. Me cuesta más creer en una verdad como ellos creen. Me encantaría creer en algo, en lo que fuera, con la fuerza en que Cortázar creía en el comunismo, García Márquez en la revolución cubana, o Vargas Llosa en el liberalismo. La nuestra es una generación mucho más escéptica.

Eso en lo político. Pero como rollo literario, ¿crees que también ha cambiado tanto la manera de encarar la literatura?

Sí, es mucho más personal. Si ves antologías, como la de Granta de autores hispanos, las historias son mucho menos sociales y más personales. Hay menos política, más sexo.

Se vienen unas elecciones agitadas en el 2011. ¿Qué crees que se juega el país en estas presidenciales?

Algo que podría ocurrir, y que ha ocurrido en la elección de Lima, es que se consolide una izquierda que puede ganar elecciones. Y todo bien, dentro de la normalidad. Nosotros tenemos un antecedente de los ochenta tan atroz con la izquierda, que ha demorado mucho la gente en creer que la izquierda puede hacer algo. Pero las democracias funcionan porque tiene esos dos espectros y sabes a qué votas y hay alternativas. Ojalá que en las presidenciales la izquierda y la derecha compitan libremente y tengamos al fin un espectro político normal.

O sea, ¿ves estas elecciones más en términos de derecha e izquierda?

Es que si me preguntas algo muy concreto de las elecciones, ni siquiera sé quiénes son los candidatos. No estoy suficientemente al tanto de lo que está pasando todos los días. Y me alegra no estarlo. He sido analista político como parte de mi trabajo un buen tiempo, pero llegado un momento lo que escribes es interpretado como activismo político. Y no me siento muy cómodo en ese papel. Una vez escribió Szyzslo a El País para decir que yo era chavista. Y me sentí tan extraño. Pensé ‘qué hago, ¿le contesto?, ¿un artículo?, ¿algo?’

¿Y qué hiciste?

Nada, porque Tudela le pegó. Y Szyszlo ya tiene una edad y lo habían mandado al hospital. No iba a venir este mocoso a escribir contra él. Ya era demasiado. Había que dejarlo en paz.

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