Un día con Lourdes Flores Nano

¿Cómo una mujer puede mantener su imperturbable sonrisa chueca después de todo lo que le ha pasado en los últimos meses? Lourdes Flores es fuerte. Se nota. Hemos pasado varias horas de campaña con ella y su voz nunca se quebró, su verbo fue coherente y sus explicaciones didácticas. Se siente la efervescencia electoral de la recta final: los mítines afiebrados, los gritos y pedidos del pueblo, los abrazos y el proselitismo esforzado, los horarios apretados, los ayayeros fuera de control, las promesas y los acuerdos de último minuto, la premura, la adrenalina que Lourdes siente al saber que esta puede ser su última campaña, su última oportunidad de ganar. “Quiero que se me recuerde como una mujer luchadora y perseverante”, nos dice. Le creo, aunque quizá eso no baste para ser alcaldesa de Lima (Crónica de Paul Alonso publicada en Terra, 2010).

 

La tengo sentada a mi costado. Saca un peine de plástico morado y se jala los pelos hacia atrás. No es una tía regia. Es una mujer soltera de 50 años, una excentricidad encantadora que podría ser sexy, pero en su caso no lo es. Sin embargo, se le ve mejor que nunca: se hizo un by-pass gástrico y perdió decenas de kilos, aunque el cambio de imagen parece más una decisión política que una coquetería. No tiene hijos. Los machistas han tratado de disminuirla por esto. Lourdes ha respondido asumiendo el rol de una política a tiempo completo. Siento que duerme vestida de política profesional de viejo cuño. Si fuera mi amiga y la llamara para contarle mis problemas existenciales, terminaría aconsejándome sobre mi futuro profesional. Le doy un beso en la mejilla y siento que no tiene olor, que nunca ha tratado de seducir fuera de la esfera pública. Me la imagino más joven y no es la chica a la que invitarías al cine. Por el contrario, Susana Villarán, su contrincante más cercana, fue la chica a la que invitarías al cine y con la que, después, te fumarías un porro.

 

“Lourdes ganará; la vieja regia perderá”, grita un simpatizante.

 

Son las ocho de la mañana y estamos en una cabina de CPN radio. La entrevistan. Viste un pantalón negro, saco serio de cuadros rosados, y una blusa recatada. Calza unos zapatos negros de taco que parecen quedarle grandes. Lee los periódicos y pasa las páginas inmutable, como si no se diera cuenta o no importara de que siguen haciendo noticia de su último escándalo: los llamados Potoaudios. En un intento desesperado por defenderse, Lourdes ha dicho que los audios la humanizan. Esto hubiera jugado a su favor si también la hubieran victimizado. El problema es que el estereotipo político de Lourdes no combina con una dimensión humana desencajada. Pienso esto mientras la veo mirándose en la portada de un diario. Quizás la prensa escrita no sea la que más le preocupa (si Susana tiene a Bayly, ella tiene a Correo, Perú 21 y El Comercio).

 

La periodista Mariella Balbi la obliga a escuchar el último audio que ha salido: en una conversación con su encargada de prensa, Lourdes sugiere que Ximena Ruiz-Rosas, la productora de Jaime Bayly, habría ido al SIN y tendría vínculos con la mafia fujimontesinista y esto explicaría los ataques en su contra. Balbi le pregunta sobre esas declaraciones grabadas ilegalmente. Lourdes mantiene el temple, pero no disimula la mueca de hartazgo. “No voy a comentar”, dice. En ese momento, noto que usa unos aretes redondos de perla, como los que llevaba mi abuela en ocasiones especiales.

 

El factor Bayly

 

“Jaime Bayly es Satanás”, grita un hombre decrépito, mientras Lourdes habla a un grupo de comerciantes. Nadie puede evitar la sonrisa. Hay versiones que dicen que Bayly quería ser el candidato presidencial del PPC, el partido de Lourdes, y que ella se habría opuesto. Entonces, el celebrity más popular del país habría desencadenado toda su furia contra ella. Y le ha hecho daño o, al menos, ha coincidido con la caída de Lourdes en las encuestas. “Hoy pesa muchísimo la imagen de la televisión en la percepción que se crea. A mí me ha jugado una mala pasada en estas últimas semanas. Evidentemente un mensaje negativo genera inmediatamente una reacción”, me dice Lourdes, y a pesar de lo que la mayoría cree, pienso que exagera.

 

—¿A qué atribuye lo que ha llamado una “campaña difamatoria” de Bayly en su contra?—le pregunto.

—No lo sé—contesta contradiciendo lo que declara en su último audio—. Me gustará conocerlo. En algún momento habrá oportunidad para poder conversar y encontrar las explicaciones. De momento, no logro entender qué ha motivado los ataques.

 

Quizá lo que más le duele a Lourdes de estos ataques es que hayan cuestionado su mayor capital político: su presunta honestidad y valores éticos. Las críticas hacia ella por lo general apuntaban a su entorno: torpes alianzas políticas, amistades sospechosas, las declaraciones racistas de su padre. Como contraparte, ha tenido una proba carrera política desde que fue electa como diputada en 1990. Protestó en 1992 por el autogolpe de Fujimori y hasta convocó en su propia casa a los diputados para buscar una solución. Luego, denunció la doble nacionalidad del dictador y protestó por la destitución de magistrados que impedían la tercera candidatura de Fujimori en el 2000.

 

—¿Qué es lo que mueve a la gente para votar por alguien o para rechazarla?

—Espero que en nuestro caso sea la certeza de que con nosotros su destino, su futuro y su sacrificio va a verse beneficiado. Y que en comparación se analice qué riesgos tiene si se entregara a otras manos.

—¿Cuáles cree que han sido sus principales errores en esta campaña municipal?

—No sé. Hagamos un juicio de valor tras la victoria. Siempre habrán cosas que se puedan mejorar. Me he esforzado mucho en esta campaña. Creo que he corregido algunos defectos del pasado que, como es lógico, mis críticos suelen remarcar. Pero estamos en la recta final y hay que mirar hacia delante.

 

Sus respuestas políticamente correctas y estudiadas pueden terminar jugando en su contra. Porque sí hay errores obvios, como las dualidades maniqueas que ha forzado. Lourdes se propuso como la candidata de la decencia frente a la corrupción. Cuando Alex Kouri, quien encarnaba a la corrupción mafiosa, quedó fuera de carrera, Lourdes se propuso como la continuidad del progreso y la estabilidad frente a las “ideas trasnochadas y radicales” de Susana Villarán, la caperucita “roja”, quien se ha convertido en el rostro de una nueva y atractiva izquierda moderna en el Perú, aquello que hasta hace poco era una mala palabra. Esto se da en el contexto de las elecciones municipales más polarizadas que ha vivido esta ciudad aún tan conservadora y que, como dijo Rafo León, “huele a calzón de monja”.

 

Lourdes en el Hueco

 

—¿Como qué ciudad le gustaría que fuera Lima?—le pregunto a Lourdes Flores.

—Creo que Lima tiene una personalidad propia—contesta—. Pero me gustaría ver recuperado el Centro histórico, como Madrid y otras ciudades europeas. Me gustaría ver una ciudad que ordene el transporte, como Curitiba y otros lugares en Brasil. Y me gustaría ver una ciudad que pueda tener una Costa Verde y unos parques lineales recuperando los ríos y el mar, como lo han hecho Santiago de Chile, Madrid, o Río de Janeiro, con esa bahía tan linda. Hay modelos de ciudades, pero Lima tiene una personalidad propia y no la compararía con nadie.
Es mediodía y estamos en El Hueco, un centro comercial ubicado en el Cercado de Lima, en el cruce de las avenidas Abancay y Nicolás de Piérola. No se parece a Madrid ni a Chile ni a Río de Janeiro. Más bien—y no me detendré aquí a describirlo—es un gran reflejo de la Lima pujante que trabaja en condiciones precarias y sueña con un edificio moderno de seis plantas. Lourdes Flores, ahora ya vestida más informal con la casaca verde y blanca de su partido, se dirige a los comerciantes y les promete mejoras de infraestructura, posibilidades de capacitación y dice que “la vida de una ciudad la da el comercio”. Ha comenzado así la parte de proselitismo diaria que va acompañada del inevitable “baño de pueblo”. Los ciudadanos de clase trabajadora se le acercan para hacerle pedidos, para tomarse foto con ella, para robar cámara en la tele, para meter chacota o simplemente para tocarla. Y Lourdes trata de escuchar a todos con gesto de atención y regala sonrisas de comprensión y asentimiento.

 

Luego, se reunirá con las presidentas de los comedores populares y con asociaciones civiles de trabajadores, como las federaciones de lustrabotas, vendedores de diarios, emolienteros, e incluso con el sindicato de vendedores de golosinas. Durante el último encuentro, se reparten panes con jamonada y gaseosa Kola Real. En todos los discursos de Lourdes su lema está bien aprendido.

 

—¿Cómo resumiría de manera concisa su discurso?

—El eje de nuestra campaña es progreso para todos.

—¿Cómo se siente anímicamente en esta recta final de la campaña?

—Con mucha fuerza, con mucho entusiasmo. Ha sido una campaña dura, complicada, pero estoy llena de fuerza. Ustedes me han acompañado todo el día y han visto las ganas. Y cuando escucho a la gente con esa voluntad de superación, me convenzo de que tenemos que hacer nuestra tarea para que el progreso se consolide.

 

Últimamente me jode que todo el mundo hable de progreso. Es el discurso reinante para anestesiar la capacidad crítica. Y si es verdad que el Perú progresa y especialmente la ciudad de Lima, por qué no veo a la gente más tolerante con los demás y, por el contrario, siento que los odios y los rencores están a flor de piel. Tampoco veo que estemos en una sociedad donde la norma sea cultivarse ni sensibilizarse ni tratar a toda costa de encontrarnos y ser honestos con nosotros mismos. ¿De qué progreso me hablan, entonces?

 

Un mar de fango

 

Han pasado diez horas de corrido. Al igual que los coleguitas periodistas que han seguido a Lourdes todo el día, estamos cansados. Ale, la fotógrafa que me acompaña, fue a su casa a darse una ducha. Ahora toma una lata de Redbull. Encendemos un cigarrillo. Cecilia Loayza, la encargada de prensa de la campaña, nos dice: “Lourdes es una mujer muy vital. Tiene un gran vigor. Yo ya quiero que sea el 3 de octubre”.

 

Es de noche y estamos en el local del PPC, en la avenida Alfonso Ugarte en Breña, limitando con el Centro de Lima. Aquí, la ciudad es un caos: las combis y los taxis hacen bulla inclemente y agreden a los peatones, las miradas hoscas de posibles ladrones se mezclan con la basura acumulada en las calles. La contaminación se filtra por nuestros pulmones, mientras gente de rostro triste termina una larga y mal pagada jornada de trabajo. Se empujan unos a otros, porque en esta ciudad todos nos empujamos unos a otros.

 

Ale me dice: “¿quién coño quiere dirigir esta ciudad? Ay, qué flojera”. Pienso en lo que escribió Eielson: “Un día los limeños se despertarán llorando y toda la ciudad desaparecerá en un mar de fango. La maravillosa fundación de Lima tendrá lugar sólo entonces”.

 

Lourdes sigue sonriendo. Ahora tiene puesto un mandil blanco que lleva inscrito en la espalda: “emolientes y bebidas medicinales”. Una mujer en silla de ruedas le expresa todo su apoyo. Ha terminado su proselitismo por el día. Aún tiene algunas reuniones pendientes, pero nadie nos dice con quién. Lourdes sale del local del partido y se trepa a una camioneta blanca. Sonríe. Las últimas fotos. Y de pronto descubro que, finalmente, tenemos algo en común.

 

—¿Cuántas horas duermes, Lourdes?—le pregunto.

—Cuatro o cinco—me dice. Y la camioneta blanca avanza rápidamente.

 

 

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Archivado bajo Crónicas, Entrevistas, Política

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