Paranoia y Navidad en La Habana

Durante 30 años la Navidad no fue reconocida en Cuba; hoy genera indiferencia. En medio de los históricos cambios sociopolíticos de la isla, un cronista peruano, aparentemente monitoreado por agentes de seguridad del Estado, busca la festividad por las calles de La Habana y recoge historias como cenizas de la Revolución (Crónica de Paul Alonso publicada en la revista Dedomedio, febrero 2015)

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Néstor es poeta y cree en la Revolución. Tiene 32 años; está desempleado. Dice que está buscándose, tratando de encontrar su camino. Recuerda la primera vez que vio a Fidel Castro. Tenía 9 años. Fue en un barco. Fidel llevaba botas, short, la barba. Lo saludó acariciándole la cabeza. Le regaló un salvavidas (aún lo conserva). Recuerda que Fidel era un tipo muy activo, que siempre se movía, que no podía esperar nada. “Si quería un trago, no esperaba que se lo trajeran. Él se paraba e iba a buscarlo”, dice. La siguiente vez que lo vio tenía 13 años. Fidel no pudo quedarse mucho tiempo. Pero dejó botellas de vino y quesos. Fue la primera vez que Néstor probó el queso Camembert. La tercera y última vez que vio a Fidel, le entregaban una medalla a su padre. Néstor tenía 22 años y sintió que el líder de la Revolución era ya una persona distante. “Andaba en Mercedes Benz. Era inaccesible”, recuerda. Fidel es uno de los personajes que más admira, pero no va a estar triste cuando muera.  “Ese día pensaré en este país, en las condiciones históricas que nos trajeron hasta aquí”, dice. Y seguro también pensará en el Che Guevara. Para él, el Che anticipó todo lo que iba a suceder. Admira al Che como intelectual y a Fidel por su personalidad. “Si no fuera por Fidel, esto no seguiría en pie”, dice.

Néstor maneja un auto Lada azul del 2006.  Su padre está retirado, pero fue durante décadas un alto funcionario y militante muy cercano a la cúpula del poder castrista. Me cuentan que Fidel le regaló dos autos a su padre, en un país donde muy poca gente tiene autos. Estoy sentado en el auto de Néstor a las dos de la madrugada de un miércoles. Salimos de un bar. En el auto también está la novia de Néstor, quien asegura ser descendiente directa de Batista. Surcamos las calles de La Habana y en el estéreo han puesto un disco: suena Massive Attack, David Bowie, The Rolling Stones. Al día siguiente, el Lada azul está en el mecánico. “Es difícil estar sin auto”, dice Néstor. Y también dice que la Revolución ha fracasado. Se considera un utópico: cree en los valores humanistas que, según él, eran esenciales a la Revolución. No le gusta que gente de su generación se crea el discurso de que el balance fue negativo. Dice que por mucho tiempo fue una persona apolítica, pero que cuando entró en la madurez aprendió a valorar la actitud que tenían los pioneros. Néstor piensa que esa actitud es lo que le falta a su generación. Dice también que en su casa no se celebra la Navidad. Para ellos, la fiesta es el 31 de diciembre—el aniversario de la Revolución— y a la medianoche cantan La Bayamesa, el himno nacional de Cuba que llama a ofrendar la vida en busca de la libertad.

 

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Una mujer de piel canela, vestida con un traje navideño de Papa Noel (pero con minifalda y escote), reparte volantes por las calles de la Habana Vieja: promociona una cena turística en un restaurante. Hoteles y hospedajes para extranjeros tienen un árbol de Navidad con adornos sin brillo; en ciertos locales privados las meseras y empleados usan gorras navideñas; la Catedral y alguna excéntrica iglesia tiene un nacimiento. Por lo demás, en el resto de la Habana real, la Navidad—tal como se experimenta en buena parte del mundo—no existe.

Es 24 de diciembre. Durante los últimos días he recorrido a pie las calles de Vedado, Centro Habana, Habana Vieja, Playa, Miramar; he viajado en auto hasta Varadero y Matanzas. No hay rastro de la alienante iconografía de quizá la mayor festividad consumista del mundo católico. No hay campañas publicitarias. No hay pavo ni panettone ni chocolate caliente ni fuegos artificiales ni regalos. Esto se explica porque durante cuatro décadas la Navidad estuvo prácticamente prohibida en Cuba. Al triunfo de la Revolución en 1959, las prácticas religiosas fueron censuradas. A pesar de que la iglesia católica (como otros grupos cristianos), apoyaron inicialmente a la Revolución, pronto, con la radicalización del discurso estatal, la relación se volvió tensa. Castro cerró las escuelas parroquiales y prohibió que los militantes del partido tuvieran afiliación religiosa. En 1969, abolió la Navidad, alegando que la fecha interfería con la recolección de caña de azúcar.  Además, la Revolución consideraba el 24 de diciembre un día nefasto debido a la matanza de 23 jóvenes revolucionarios—conocida como las Pascuas Sangrientas—en 1956 a manos de la dictadura de Batista. La aversión contra la religión, como nota Julia Sweig en su libro “Cuba: What Everyone Needs To Know”, también estaba motivada por el acercamiento a la Unión Soviética: el ateísmo y posturas anticlericales eran inherentes a las interpretaciones tradicionales del marxismo. Las iglesias organizadas (como cualquier agrupación independiente) eran vistas como amenazas a la hegemonía del régimen y espacios contrarevolucionarios.

Aunque la iglesia católica estima que el 60% de la población cubana es católica, durante tres décadas cualquier simbología navideña y religiosa fue considerada sospechosa ideológicamente. No fue hasta 1997, de cara a la visita del Papa Juan Pablo II, que el gobierno declaró el 25 de diciembre feriado. Desde entonces, aunque hay algunas festividades religiosas (como la concurrida Misa del Gallo en la Catedral de La Habana), no es una costumbre arraigada. Quizá se hace una cena familiar en casa, pero poco más. Los más viejos recuerdan sus navidades de niños antes de la Revolución, en aquel otro mundo al que muchos se refieren como el “periodo capitalista”. Uno pensaría que hoy, 55 años después, un nuevo capitalismo se hace espacio en la isla. En los últimos tres años, han existido tímidos, pero históricos cambios socioeconómicos, implementados por el gobierno de Raúl Castro: los cubanos ya pueden comprar y vender vehículos y casas, salir del país legalmente, y trabajar por cuenta propia (440 mil personas trabajan en 201 categorías permitidas por el Estado).

Estas medidas de apertura, denominadas por el gobierno como “actualización del modelo”, han devenido en la multiplicación de restaurantes (llamados “paladares”) y cafeterías privadas a las que la mayoría de cubanos no puede acceder (el suelo básico es alrededor de 15 euros al mes), carteles de “Se vende” en muchas propiedades, precios estratosféricos para los autos, colas para salir del país y, según notan muchos comentaristas críticos, una creciente desigualdad. Al mismo tiempo, si bien hay una apertura económica, el régimen castrista también ha establecido una serie de limitaciones—por ejemplo, el año pasado fueron prohibidos los cines privados y la venta de artículos importados. Y, según la bloguera Yoani Sánchez, el régimen trata de impedir la acumulación de capital a través de altos impuestos, desincentivando la contratación de más de cinco empleados y no permite que una persona pueda tener más de una vivienda o línea telefónica. Para Sánchez, “el miedo principal del Gobierno se centra en la posibilidad de que las reformas económicas creen un sustrato para demandar reformas políticas. O sea, que la autonomía material y financiera de muchos con respecto al Estado, traiga irremediablemente deseos de autonomía en el plano cívico y una creciente presión para que se respeten los derechos humanos”.

 

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Escritores como Roberto Bolaño y Jon Lee Anderson se han referido a él como “el Bukowski de la Habana”, pero Pedro Juan Gutiérrez piensa que es una estupidez. “Eso lo inventó [el editor] Herralde, cuando iba a publicarse “La Trilogía Sucia de la Habana” en 1998. A él le pareció que yo escribía muy parecido a Bukowski, pero yo nunca lo había leído.  También me llamaron el  “Henry Miller tropical”, dice Pedro Juan. Son las seis de la tarde de un jueves y estamos en la terraza del Hotel Inglaterra en la Habana Vieja, con dos  mojitos sobre la mesa.

Pedro Juan es autor de más de una docena de libros (novelas, poesía, no ficción).  Entre 1998 y 2003, publicó cinco libros de narrativa que componen su famoso “Ciclo de Centro Habana”: “La Trilogía Sucia de La Habana”, “El Rey de La Habana”, “Animal Tropical”, “El Insaciable Hombre Araña” y “Carne de Perro”. Descarnados y brutales, enmarcados en una estética de “realismo sucio”, estas obras retratan la miseria y sordidez del Periodo Especial en Cuba y de la misma vida del escritor.

“Mi vida fue un poco aburrida hasta los 36 años en que me vine a vivir a La Habana”, dice Pedro Juan. “Antes yo llevaba una vida rutinaria en Matanzas; tenía una familia, hijos, un carro, un perrito. De pronto todo eso se fue al carajo y me vengo a vivir solo a Centro Habana. El país entra en el Periodo Especial: el Muro de Berlín cae en 1989, a finales de 1990 empieza la crisis, y en 1991 el hambre era como nadie se la imagina. Yo me deprimí mucho. Centro Habana es un barrio muy agresivo y violento. Mi propia vida se había convertido en una hostilidad tremenda: me alcoholicé mucho, me metía una botella de ron todas las tardes, fumaba tabacos malos y baratos, me templaba una negra diferente cada día. Y después me ponía a escribir lo que había pasado”.

Cuando salió publicado su primer libro en España, a Pedro Juan lo botaron de la revista en que trabajaba “sin contemplaciones ni explicaciones”. Así se terminaba su carrera de 26 años como periodista. “Hice un periodismo muy aburrido, gris, monótono”, dice Pedro Juan. “Hay gente que dice que era bueno, pero yo lo dudo. Me quedé muy por debajo de lo que hubiera podido escribir en órganos más libres, menos censurados”.

Hay libros de Pedro Juan que nunca han sido publicados en Cuba (por ejemplo, “La Trilogía Sucia de La Habana”, su obra más reconocida internacionalmente); sin embargo, piensa que, en el marco de los cambios de apertura del régimen, la censura se está relajando: “Creo que hay una mayor democratización dentro de la cultura cubana. Es gradual, pero cada vez más gente se atreve a escribir. Poco a poco, se han publicado unos cuantos de mis libros… Hay un relevo generacional: gente joven ocupando puestos de dirección y como funcionarios de alto nivel. Son más ‘open-mind’ y se dan cuenta de que tenemos que ir insertándonos en el mundo. No podemos seguir tan aislados, mirándonos el ombligo”.

A pesar de los cambios raulistas, piensa que la utopía revolucionaria fracasó. “La Cuba de antes de 1990 era una. La Cuba que viene después es otra. Puede ser que ahora haya mejorado un poco económicamente: hay más suministros, la gente pasa un poco menos de hambre, pero en esencia sigue siendo una Cuba completamente diferente a la que nosotros habíamos soñado. Habíamos luchado por una utopía. Y la utopía se fue al carajo y nunca más se ha recuperado. Estamos entrando poco a poco en el capitalismo que nos toca: el capitalismo de la miseria, el capitalismo de los pobres”.

Pedro Juan fue católico hasta los trece años, pero lo dejó por convicción. “Y empecé a practicar el comunismo, que es como una religión”, dice. Hoy es budista (adoptó esta práctica cuando luchaba contra el alcoholismo). Piensa que, después de 40 años sin tradición navideña, las pocas actividades en Cuba alrededor de esta festividad son falsas y superficiales. “Al 24 y 25 de diciembre la gente aquí no le hace caso, ni se acuerda”, dice. “Hay algunos arbolitos de Navidad, porque la gente actúa por imitación. Copian y copian. En mi casa, hace dos o tres días, mi mujer sacó el arbolito y le puso bolitas. Ella tiene 20 años menos que yo; nació en 1969. Así que no se entera de nada; ni sabe porqué coño pone el arbolito ese”.

 

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Lía sueña con tener una galería independiente de arte. La instalaría en la casa donde vive y la llamaría “El Círculo”. La gente vendría a ver el arte alternativo y crítico que no se muestra públicamente. “Lo contestatario no cataloga como arte dentro del sistema institucional y es desacreditado, minimizado y muchas veces completamente anulado”, dice Lía.

Lía vive con su pareja, Luis, un pintor que tiene estéticas disímiles: por un lado, cuadros influenciados por el pop art y el cómic; por el otro, abstractos que parecen pintados por otra mano. Ambos han estado prácticamente secuestrados por dos días. Fue a partir del 10 de diciembre de 2013, el Día Internacional de los Derechos Humanos. La asociación Estado de SATS, con la que colaboran, había organizado un evento que incluía paneles sobre Derechos Humanos y terminaría con un concierto musical. La casa sede, vivienda de los organizadores de Estado de SATS en el barrio de Miramar, fue acuartelada y acosada por un fuerte cerco policial que impedía tanto la salida como la entrada.  Agentes de seguridad del Estado, vestidos de civiles, cercaron las calles aledañas y golpearon y detuvieron a quienes venían al evento (como muestran imágenes difundidas por Internet). Además, se organizó un particular “acto de repudio” (manifestación en que se insulta o agrede a críticos del régimen). En este caso, usaron niños. “Armaron un escenario con niños de todas las edades en horario escolar y los pusieron a recitar los artículos de las convenciones de Derechos Humanos que precisamente violaban”, dice Lía. Ese día la policía cubana detuvo ilegalmente a más de 150 personas en todo el país.

Es una tarde fresca y soleada en La Habana. Estamos sentados en la sala y le pregunto si puedo grabar la conversación. Me dice que sí, pero que tenga cuidado de que me vayan a quitar la grabadora los agentes de seguridad del Estado.  Pienso que exagera. Ella me explica: “Los artistas declarados disidentes son aislados y privados así del mundo cultural. Los que pretenden ser neutrales o ambiguos, son constantemente amenazados con perder sus viviendas (en el caso de que sean galerías alternativas) o muchas veces con la expulsión de sus hijos de la universidad o la encarcelación por cualquier motivo”.

Según Lía, en Cuba la crítica social se camufla en ambigüedades políticamente correctas o autorizadas: “Así los artistas se mantienen impolutos y logran viajar y vender su obra en el extranjero. Es el ‘arte oficialista’ que puede verse en las bienales de La Habana en la Cabaña del Morro, al otro lado de la bahía, lugar que solía ser mazmorra y donde fueron fusilados muchos cubanos, por cosas como desacato a la autoridad o irrespeto a la figura del líder”.

Lía me muestra varios lienzos del artista Danilo Maldonado, conocido como el Sexto, un grafitero contestatario al que han detenido varias veces y le han intervenido la vivienda. “Los agentes del Estado entraron a su casa y revisaron todo. Llenaron bolsas de ‘evidencia’ con sus latas de spray. ¿Te imaginas? Esa era la evidencia de su delito”, dice Lía, mientras pasa los lienzos que protege. Son pinturas y collages que hablan en tono satírico y pop sobre el poder en Cuba: entre coloridos trazos, latas, objetos callejeros y lemas contra el establishment se pueden distinguir las figuras de militares barbudos, uniformados, y visiones oníricas de libertad.

La primera incursión urbana de Danilo fue en 2009: llenó calles de La Habana con la pinta REV (de Revolución), imitando la imagen de REW (la abreviación de REWIND de la grabadora, que significa “retroceder”). Pronto la policía borró sus pintas y Danilo fue arrestado durante varios días. Así nació el Sexto, un apodo sarcástico que alude a la ubicua campaña gubernamental por la liberación de los cinco espías cubanos apresados en Estados Unidos. El personaje de Danilo se ha instalado en el imaginario como el sexto prisionero, un símbolo de todos aquellos cubanos que viven en la isla y quieren expresarse libremente. Uno de sus grafitis dice: “Para ganarme a mí tú necesitas armas, necesitas policías, necesitas cárceles. Para ganarte a ti yo solo necesito un spray y este papelito”.

Le pregunto a Lía por la Navidad. Ella recuerda que cuando era niña sus abuelas solían cantar canciones navideñas y hablaban del tema con nostalgia. “Mi mamá, marxista al fin, nunca le dio la menor importancia al tema”, dice. “En casa había un arbolito, pero con los años los adornos se fueron rompiendo. Un día dejaron de ponerlo y todo terminó en un cajón cogiendo polvo y después en la basura. La tradición familiar ahora es una cena íntima, pero muy lejos de ese espíritu festivo navideño que solía haber en Cuba antes del 59”.

 

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A Gorki le duele la cabeza, la parte izquierda del cráneo. Ahí es donde lo golpearon los agentes de seguridad del Estado cubano cuando iba al evento por el Día Internacional de los Derechos Humanos. “Desde el piso gritaba y les decía que estaban violando mi libertad de expresión, que los Castro eran violadores de Derechos Humanos. Y me seguían pateando”, dice. Luego lo arrestaron y estuvo detenido por dos días sin que le explicaran la causa. Acaba de salir de la cárcel. La golpiza y el susto han acentuado sus ataques de epilepsia y migraña. Pero igual me invita un café y se sienta a conversar conmigo. Tiene 45 años; viste una camisa floreada, aro en la oreja izquierda, lentes de carey negros, botas, jean y actitud de rocker. Es el vocalista de la banda de punk “Porno para Ricardo”, que ha editado discos como “Rock para las masas cárnicas” (2002), “Soy porno, soy popular” (2006), “A mí no me gusta la política, pero yo le gusto a ella” (2006) y “Maleconazo Ahora” (2013).

“La banda empezó haciendo temas sobre sexo y los tabús alrededor de este tema en la sociedad cubana”, dice. En 2003 lo arrestaron acusado posesión de drogas. Pero él asegura que fue una trampa. Pasó dos años en la cárcel de Pinar del Río y su música se politizó. En 2008 fue arrestado de nuevo, acusado esta vez de “peligrosidad social predelictiva”. El caso, interpretado como un atentado contra la libertad de expresión, fue cubierto por la prensa internacional y suscitó un gran movimiento de solidaridad que exigía su liberación. Fue finalmente condenado a pagar una multa de 600 pesos cubanos (alrededor de 30 euros), que solventó su padre, un castrista. Entonces volvió a definir el sentido de su banda: “El nombre del grupo es el contrapunto al lema ‘Patria o muerte’. Es una oda al placer, una defensa del individuo frente a los que quieren convertirnos en una masa amorfa que vive en la miseria. Lo más democrático del régimen es que reparte muy bien la miseria”, dijo. En esa ocasión, la verdadera razón del acoso fue su canción “El Comandante”, a quien, entre otras cosas, le pedía que no hable “mierda delirante” y que “no coma tanta pinga”. En marzo de 2013, otra vez lo detuvieron cuando iba a presentar su disco “Maleconazo Ahora”. Y otra vez en octubre de 2013 por presunta posesión de psicofármacos (una patrulla policial lo detuvo en plena calle para pedirle documentos de identidad y revisar sus pertenencias, entre las que encontraron dos pastillas que le habían sido recetadas por un médico para su epilepsia).

El año pasado, sin embargo, le permitieron salir de gira por Europa. Tocó en España, Polonia y República Checa. “Siempre te dejan algo que puedas perder, algo con que manipularte”, dice. “En mi caso era el ‘permiso de salida’ para viajar al extranjero de gira. Una vez cuando regresaba a Cuba, el agente me preguntó porqué regresaba, porqué no me quedaba en otro país. Pero no me da la gana de hacerlo. Uno de los músicos de mi banda se quedó en Europa. Lo entiendo. Ser parte de la banda es casi una militancia. Ahora estoy buscando bajista”.

Desde hace un buen tiempo, Gorki es un artista con las manos atadas: no puede tocar en Cuba. Y las agresiones que sufre no son sólo directas. “Van por los costados. Le dicen a los dueños de los locales que van a perder su casa si te dejan tocar ahí”, dice. En su desesperación, un día salió al balcón de su casa con su banda y cantó con toda su furia. “Fue el concierto más corto de Porno para Ricardo”, recuerda. No pudieron terminar ni una canción. Les cortaron la luz y sólo quedó el silencio. Esto es lo que ha radicalizado su discurso. Se siente arrinconado hasta el punto en que sólo le queda callarse y vivir con miedo, o ser una voz abiertamente crítica. Ha optado por lo segundo, aunque le dé dolores de cabeza.

Al preguntarle qué va a hacer por Navidad, Gorki me mira con cara de desconcierto (una mirada que dice “qué onda este tipo con la Navidad”). Me dice que no sabe, que probablemente nada. Me recuerda que aquí no se celebra. Al despedirnos, salimos a su balcón y me señala una cámara instalada en un poste al frente de su casa. “Saluda a esos cabrones”, me dice. Me quedo mirando la cámara, dudoso. Finalmente, saludo. Bajo las escaleras del edificio. Al salir a la calle, en el distrito de Playa, camino hasta la avenida para tomar un taxi. Noto que un auto rojo me sigue por un par de cuadras. En el interior, hay dos hombres vestidos de civil con lentes oscuros. Hago el amague de cruzar la calle, pero sigo por el mismo camino cuando ellos dan vuelta como para interceptarme.  Camino rápido y tomo un taxi.

 

6

Hortensia está lavando platos y, de rato en rato, deambula por la casa. Es negra, de piel arrugada y camina encorvada arrastrando los pies. A sus 70 años, se le ve cansada y enferma. Se queja a menudo de que le duele la espalda. Su presencia es como un espíritu en pena que aparece inesperadamente desde cualquier rincón.

Al llegar a La Habana, me instalé en la casa de mi amigo Osvaldo, un investigador argentino que vive aquí. Osvaldo trabaja en un proyecto internacional en asociación con una entidad cultural del Estado cubano, la cual le alquila esta casa en el distrito de Vedado, un segundo piso de dos habitaciones, amplia sala y azotea. Paga casi mil dólares al mes, una renta jugosa para el estándar local. Cuando se instaló en la casa, Hortensia ya estaba aquí. Supuestamente es la empleada o encargada de la casa, pero en realidad no puede ni con su alma. Pasa buena parte del día pegada al teléfono, hablando con sus familiares. Su hijo Luisito, un moreno de alrededor de 40 años, viene todos los días a almorzar, se echa luego en el sofá a tomar la siesta. Hace poco se comió un helado que Osvaldo guardaba en el refrigerador. “Estos comunistas no respetan nada”, bromeó Osvaldo. Cada vez se siente más incómodo con el carácter invasivo de Hortensia, sus amigos y familiares, quienes entran y salen de la casa a su antojo (la puerta suele estar abierta).  A menudo parece más que Osvaldo vive en la casa de Hortensia y no al revés. La verdadera razón por la que Osvaldo sigue en esta casa es porque tiene acceso a Internet, un verdadero lujo en Cuba, donde los ciudadanos de a pie, salvo excepciones reguladas con una autorización ministerial previa, no pueden tener el servicio en su vivienda. Esta casa está conectada al servidor de la entidad cultural cubana con la que trabaja. De otra manera, el servicio de Internet le costaría alrededor de mil dólares extra al mes.

Al regresar de la casa de Gorki, le cuento a Osvaldo sobre la sensación de acoso en la que viven los artistas críticos al régimen. Le cuento también sobre la cámara frente a la casa y ese auto que me pareció que me seguía. Me dice que no sea paranoico. ¿Quién le daría tanta importancia a alguien que escribe una crónica sobre la Navidad? Poco después, llega el encargado del edificio y le dice a Osvaldo que uno de los directivos de la entidad cultural quiere hablar con él. Osvaldo va inmediatamente. A los 30 minutos, regresa, acalorado. Está molesto y tiene malas noticias. Le han dicho que debo irme de la casa a la brevedad posible. “¿Por qué?”, pregunto. “Dicen que hay que pedir un permiso especial para recibir huéspedes, algo que yo nunca he tramitado. Es raro, porque yo ya he tenido visitas antes y no me dijeron nada. Al parecer, Hortensia les ha contado que tú estás aquí”, dice.

Esta misma noche, además, hay una fiesta de la entidad cultural a la que Osvaldo me había invitado. Le han dicho que yo tampoco puedo asistir a ese evento. Osvaldo se toma un momento para tranquilizarse y decide regresar para hablar con la directiva de la entidad cultural y tratar de resolver el asunto. Mientras tanto, me recomienda que hable con Néstor, el poeta, para que me ayude a buscar otro lugar donde quedarme. Llamo a Néstor por teléfono, y poco después llega a la casa. Le explico el asunto. Me dice que le parece muy raro. Y le comento sobre mis encuentros e intercambios con Lía, Gorki, el Sexto. “Ah, hermano, eso es”, me dice Néstor. “¿Y has tenido contacto previo por correo electrónico y teléfono con ellos?” Le digo que sí. “Toda esa gente está monitoreada y sus teléfonos y correos interceptados. Es más, esta casa debe estar intervenida también. Si te has encontrado con ellos, ya estás fichado”, me dice.

Recuerdo entonces que al llegar a La Habana fui el único que fue separado del grupo de pasajeros. Revisaron mi equipaje un par de veces al detalle. Me preguntaron inquisitivamente a quién pensaba entrevistar. Contesté de manera ambigua. Pero no me imaginé que estas preguntas estaban relacionadas a mis correos con Orlando Luis, un conocido bloguero y escritor cubano a quien conocí cuando daba una conferencia en Atlanta y quien está de gira por Estados Unidos. Cuando decidí venir a Cuba, Orlando Luis me pasó los contactos de algunos artistas y escritores locales. También algunos nombres con la advertencia de “políticamente calientes”. Con estos últimos, nunca llegué a comunicarme.

Osvaldo regresa por segunda vez y lo confirma: “Me han dicho que no te puedes quedar. Que, si no es posible que te vayas esta misma noche, que sea mañana. Les pregunté cómo se pedía el permiso, que tengo otros huéspedes que van a venir en el futuro. Y me dijeron que no me preocupe, que no hay problema. El asunto es contigo. Dicen que ‘no saben con qué gente te estás viendo’”.

Ya con las cosas claras, Néstor me dice que me va a ayudar a conseguir un hospedaje para mañana. No hay más que se pueda hacer esta noche, así que terminamos la botella de Jack Daniels que he traído conmigo. Y luego, salimos de bares. No hay paranoia ni servicio de seguridad del Estado que no se pueda superar con una botella de whisky.

 

7

Clara vive en un amplio y cómodo departamento en el piso 18 de un edificio céntrico y exclusivo en Vedado. Desde las ventanas de la sala y de las habitaciones, se ve La Habana en su esplendor: la nostálgica ciudad detenida en el tiempo donde todo parece por inventar; las últimas luces del sol que se estrellan contra los edificios con los rostros del Che, de Camilo Cienfuegos, de Fidel; las antiguas casas envejecidas que se caen a pedazos, los hoteles turísticos, el Malecón, los autos viejos y los escasos autobuses que se usan como transporte público de gente bulliciosa y amigable, la música como un rumor que recorre la sensualidad de la vida diaria, el jineterismo como forma de vida. Todo eso que está en las postales, en las secciones de viajes y en las guías turísticas.

Aquí es donde Néstor, el poeta, ha conseguido que me hospede por $30 CUC diarios. Clara tiene 81 años y nació en Camagüey. Aún recuerda el 31 de diciembre de 1959: estaba emocionada escuchando la radio a escondidas cuando aquellos hombres barbudos tomaron el poder y expulsaron al dictador. Tenía 26 años y sabía que ese era un nuevo comienzo. “Ha sido difícil, pero en el país todos tienen educación, salud y trabajo”, dice. “Fidel es un genio. Se va a morir tranquilo: cumplió su sueño de una sociedad igualitaria”.

Clara se casó joven y a los pocos años se divorció. Luego, se mudó a La Habana. Trabajó en un Ministerio, donde conoció a su segundo ex marido, quien ya falleció. Él era militante del Partido y llegó a ser un alto funcionario.  El gobierno le dio este departamento que hoy Clara alquila a extranjeros. “Nos separamos. Se enamoró de una mulata. No era bonita. Pero era puta, puta, puta”, dice. En los setentas, cuando se separó de su segundo marido y estaba a cargo de sus dos hijos, fue enviada a trabajar en la embajada cubana en Moscú. A su regreso, sufrió también las épocas difíciles. “Pero siempre he trabajado. Hasta preparaba y vendía dulces”, dice.

Clara recuerda vagamente las cenas familiares de Navidad antes de la Revolución. “Era una situación económica muy difícil”, dice. “Recuerdo mejor el ‘Día de Reyes’: mi abuelita y mi mamá compraban juguetes muy baratos (como juegos de yaquis, suizas para saltar, bolsitas de bolas de cristal para mi hermano), y los repartían a nuestros amiguitos aún más pobres que nosotros. Éramos católicos no practicantes, solamente mi abuelita y yo íbamos a la iglesia en Semana Santa y el Día de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Al triunfar la Revolución, dejé de ir a la iglesia. Había mucho trabajo que hacer; fue un etapa tan linda, tanto entusiasmo que solo pensábamos en todo lo maravilloso que sería ese cambio radical”. Hoy, Clara asiste otra vez a la iglesia. Este 24 de diciembre, después de cenar con su hija, irá a la misa de medianoche.

Clara es una anciana de piel blanca, ojos claros, mirada maternal. Todo el día está haciendo algo en el departamento—cocina, plancha, limpia. Luego, por las tardes, se sienta a ver televisión y a menudo come sola en la cocina. Su hijo vive en Miami. “Es abogado. Se mudó porque no estaba contento con su situación laboral”, dice. Sobre los cambios sociales y políticos recientes en el país, piensa que son para bien. “Pero eso no significa que Cuba vaya a cambiar el sistema. Los siguientes líderes van a seguir con lo que tanto nos ha costado. ¿Tú crees que van a dejar que todo se caiga?”

Mi primera mañana en este departamento Clara entró a mi habitación sin avisar mientras yo dormía. Abrí los ojos mientras ella cerraba mi ventana. Fue uno de los momentos en que experimenté ese carácter invasivo de la cultura cubana, explicable quizá porque la gente está acostumbrada a compartir viviendas y a estar siempre pendiente del otro. Esto último es una de las funciones de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), creados en 1960 para realizar labores de vigilancia colectiva. Cada cuadra, cada barrio, cada provincia tiene un presidente, quien es el encargado de reportar lo que ven esos ojos ubicuos, esa pesada mirada sobre el individuo que genera, para quienes no estamos acostumbrados o para quienes piensan de manera diferente al régimen, una paranoia constante.

Esta misma noche termino en una discoteca con los amigos que tengo en Cuba: un grupo de corresponsales internacionales, una pareja de escritores europeos, Osvaldo, y Néstor. Mientras pido un trago en la barra, se acerca una mesera y me da una servilleta: “Paul Alonso, le pedimos que se retire del local por las razones que usted conoce”, dice el mensaje escrito a mano. A los pocos minutos descubro que es una broma organizada por Néstor, el poeta. Nos reímos todos. La broma recurrente que inventamos ha sido la de que, desde que me encontré con los disidentes y me echaron de la casa, Néstor es el agente secreto asignado para vigilarme. Broma o no, el caso es que, de una u otra manera, Néstor siempre aparece donde estoy. Después del evento de la servilleta, Néstor se acerca amical, me abraza y me dice: “Hermano, tú sabes que sólo es una broma, ¿no? Mírame a los ojos: ¿Tú crees que de verdad soy un agente del Estado?” En ese momento, mientras nos miramos algo alcoholizados, le digo que no lo sé. Probablemente, nunca lo sabré. Y entonces entiendo la genialidad del sistema de control en Cuba.

 

8

Es 24 de diciembre a la medianoche. Estoy sentado en una mesa del Hotel Nacional, en la misma terraza donde se sentaban Lucky Luciano, Meyer Lansky y todos los mafiosos que, aliados con Batista, usaban La Habana como centro de operaciones y se juntaron aquí en 1946. Ante mí está el mar, esa masa oscura y agitada donde tantos cubanos han muerto tratando de salir desesperadamente de la isla. La ciudad está sumida en un silencio sin movimiento: es el comienzo de un miércoles feriado, pero parece un domingo cualquiera por la noche.

He pasado dos semanas en La Habana y, cuando me vaya, los agentes de inmigración volverán a revisar mi equipaje repetidamente y hasta examinarán con detenimiento los libros que llevo conmigo. A pesar de que en Cuba no se celebra la Navidad, hay una religiosidad perceptible. La santería—sincretismo de creencias cristianas con ritos africanos yoruba—es una práctica prevalente, basada en el culto a los ancestros muertos, sacrificios animales, la idea de una fuerza o Dios universal (Olodumare) y una variada gama de deidades o santos (orishás). Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, se estima que al menos 80% de la población consulta con los practicantes de religiones de raíces africanas. Al mismo tiempo, la Revolución parece haber inculcado sus propios mesías en la cultura popular, aquellos caudillos que desafiaron a la Historia y reprodujeron sus rostros en todos los afiches. En este escenario, quizá no hay espacio para celebrar el cumpleaños de otro barbudo más viejo y contestatario que fue crucificado. Si el cristianismo sugiere un Dios omnipresente que todo lo ve, el régimen cubano ha reproducido esta máxima en su control de vigilancia. O como decía Sendero Luminoso en el Perú parafraseando a la China comunista de Mao: “El Partido tiene mil ojos y mil oídos”.

En seis días esto será una fiesta: la gente bailará, comerá y se emborrachará durante la madrugada. Celebrarán el aniversario de una revolución desgastada o el comienzo del 2014, un nuevo año que quizá los acerque al cambio. Muchos esperan que la utopía se actualice y que los cambios impliquen una sociedad con menos pobreza, más oportunidades, pero justicia social. Otros esperan que el régimen caiga pronto, que Cuba se abra al mundo y se instale una sociedad capitalista donde puedan aspirar al “Cuban Dream”. Varios esperan que se respete la libertad individual y de expresión, una sociedad donde se pueda pensar diferente y Lía pueda tener una galería de arte alternativo y Gorki pueda dar un concierto en espacios públicos y los libros de Pedro Juan sean publicados en su país. Los demás, quizá la mayoría, sólo quieren vivir mejor, como en cualquier parte del mundo.

Aunque Cuba no es cualquier parte del mundo. Es una isla marcada por la excepcionalidad en el continente, un lugar lleno mitologías en el que la rebeldía parece estar en movimiento cíclico.

En “El Padrino II”, Michael Corleone llega a Cuba para sellar un trato millonario de negocios mafiosos. Aquí no solo descubre la traición de su hermano Fredo. Durante el cumpleaños de Hyman Roth, el mafioso judío de Florida, mientras comen pastel y se dividen los territorios, Michael tiene dudas sobre la viabilidad de Cuba para sus intereses. Esa misma tarde, desde el taxi en que se moviliza, presencia cómo algunos rebeldes están siendo arrestados. Uno de ellos va hacia el grupo de policías represores y estalla detonando una granada suicida. “¿Qué te dice eso?”, le pregunta Roth. Y Michael contesta: “Que pueden ganar”.

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